viernes, 15 de mayo de 2026

Las medias, naranjas.

Andar de dos en dos como las medias, es como la vida. 

Se puede estar sólo como una media perdida, pero cuando convives con la otra media, es decir las parejas, la compañera, pues hace que todo combine mejor. 

Me pregunto si la “media naranja” tendrá algo que ver con la etimología de la palabra “media”. Esa que uno se pone para andar, para protegerse de los zapatos, del frío o en mi caso, del hecho de sentirse observado, como sin ropa, cuando alguien mira mis pies descalzos. No me gusta, me siento como si estuviera en ropa interior.

Volviendo a la diatriba de hoy, creo que nunca había analizado con tanto detenimiento qué es lo que me pasa con las medias, las del otro, las masculinas, las de mi papá o exactamente las de mi media naranja. Tengo una fascinación por abrir el cajón de él y elegir cuáles me quiero poner. Me encanta ver que tiene de todos los colores, formas y estados de ánimo para cualquier día. Eso es como un imán. Me dan ganas de ponérmelas. Y sí, me las pongo.

Lo curioso es que cuando él me pregunta por qué me gusta tanto ponerme sus medias, mis ojos miran hacia algún lado con el pensamiento al infinito y la verdad es que no lo sé. ¿Que si me gusta?, por supuesto que sí. ¡Me encanta! 

Podría inventarme la razón: que es para ponerme en los zapatos del otro, pero no es cierto. Podría ser que es porque tiene muy buen gusto por el diseño de cada par, pero muchas se las han regalado, es decir, todos las han elegido muy bien. Pero cuando pienso en las que yo tengo entre mi cajón, me sorprendo por qué siempre elijo las mismas, las grises, las blancas o las negras. He intentado comprar medias con diseños arriesgados pero cuando las quiero llevar, me parece absurdo pagar tanto dinero por un simple par de medias. No creo que sea importante pagar tanto. Pero ahora, mientras escribo estas letras, creo que sí tienen mucho valor y me doy cuenta de mi incoherencia. 

Pero ojo que la regla en mi cabeza para usar esas medias, es simple: tienen que ser las medias de él. Así como de vez en cuando me gustan sus suéteres, hoodies, una que otra camiseta y a veces hasta sus gorras, pero definitivamente ponerme sus medias, no tiene discusión. 

Escarbando en mi depósito de recuerdos, entre mis esferas de colores, encuentro, que muy atrás cuando tenía diez años, las medias de mi papá eran perfectas para mí. No sé si para él lo haya sido o sea irrelevante en este momento de la vida, pero yo amaba los colores oscuros de sus medias, las que tenían rombos, de señor adulto, ejecutivo o de corbata que muy de vez en cuando usaba mi papá. Eran medio gruesitas, me gustaban las más pequeñas que él no se ponía porque le quedaban apretadas, pero a mí encantaban. Me acuerdo que en el colegio al primero que le vi usar esas medias con rombos, fue a un niño de mi salón, un poco antes de graduarme, que se llama Julián Santana. Esas medias eran como una pequeña atracción de seriedad, de alguien puesto en su sitio, de buen vestir y sencillo, como en mi mente tenía la figura de mi papá. En ese entonces, comercialmente empezaron a salir versiones de medias con rombos para mujeres y me gustaron, pero las seguía viendo demasiado femeninas. A mí me gustaban las de hombre. Los diseños eran mejores que las medias para pantalón de las mujeres.


Cuando estaba en la universidad, en los noventas, mi mejor amigo como buen diseñador gráfico que se fijaba en mis medias, me preguntó muchas veces que cuál era mi criterio de color para escoger las medias que llevaba puestas. Según él, no entendía mi manera de combinarlas. Yo sacaba cualquier objeto con la excusa de demostrarle que eran perfectas. Incluso, en una rumba me tomé una foto y se la envié, para que quedara constancia que las medias que llevaba puestas, no combinaban con nada. Pero el mood que me hacían sentir las medias de líneas rojas y blancas era maravilioso. Solamente por ese día, le di la razón. 

Más adelante en mi adultez cuando viví por primera vez con la persona que en esa época era mi pareja, empezaron los problemas con las medias. Su ego no le autorizaba dejarme poner sus medias. Tocaba pedirle permiso, pues según él, siempre quería tenerlas todas disponibles para él. Su ropa era como un santuario para él. Aún así yo las miraba de reojo, pero fue imposible que cediera. Una vez, salimos a una feria e íbamos en compañía con una religiosa de la familia. Ese día ella me preguntó asombrada que por qué él gastaba tanto dinero en un sólo par de medias y yo le mentí diciéndole que no sabía, pero la verdad era que sí sabía que para él la ropa era más importante que la comida. Él compraba medias solamente para mostrarla en las reuniones. Yo lo veía levantarse el pantalón cuando se sentaba y cruzaba las piernas, mientras yo retorcía mis ojos y peleaba internamente por el hecho de que él y su ego no me dejaran ponérmelas. No había nada que hacer, él no entendía el significado de prestármelas. Ni si quiera yo misma lo sabía.

El problema continuó, hasta que se fue y se llevó todas las medias. Se llevó hasta las mías. Yo me quedé con una media: perdida. Pero mi mejor amigo sabía en dónde estaba. Él continuaba molestándome por mis medias. Las que combinaban, las que no, las desaparecidas y hasta las que me quedaron muy mal puestas. Yo apenas me reía y no me importaba. Ya aparecería la media. Y así fue. El destino y el de arriba nos puso a doblar las medias juntos. Literalmente, empezamos a vivir juntos, nos convertimos en el mejor par de medias. Mi sueño se había hecho realidad. Por fin había encontrado la media, la naranja.

Él tenía, bueno, tiene tres cajones repletos de medias de todos los colores y sabores para elegir. Son todas de él, pero yo me las quiero poner. Quiero las de él. ¿Por qué? No lo sé, pero porque me gusta mucho. Es como sentir que él va conmigo. Tal vez porque saca algo de mi lado masculino. Me gusta cómo me hacen sentir sus medias. Que las compra eligiendo cuidadosamente  algo que compartimos juntos: el gusto por el diseño. 

A veces cuando me pongo sus medias y justo escojo las que Manolito, su papá le regaló, me acuerdo del mío y eso es bonito. También me gusta que cuando duermo con medias, a veces se me cae una. Me despierto y la busco entre las cobijas. Encontrarla es como un pequeño triunfo, un acto digno de las cobijas tragamedias. A mi sobrina también le pasa lo mismo y ella no sabe que lo escribí en un libro por esas pequeñas historias de medias que comparto con ella.

Cinco años después de vivir con mi media narana, sigo disfrutando del juego que tengo con él cuando abro el cajón y le pregunto todas las veces: “¿oye, me prestas unas medias?” Y él me contesta que no. A pesar de eso yo me las pongo porque sé que lo hace solamente para molestarme y hacerme reír. Siempre me contesta que “no. No porque esas son justo las que se me quería poner". Me sonrío, me siento y mientras escribo este blog con sus medias puestas, espero haber resuelto algo de su petición de escribir un blog, explicando detenidamente por qué me gusta ponerme sus medias. Porque son tuyas y eso me encanta.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario