jueves, 2 de julio de 2020

El aliento

Entre los escombros de la noche, a más de 300.000 kilómetros por segundo ella hablaba con él.

¿Te acuerdas de la vez que ella se orinó de la risa por las bobadas que yo decía?, ¿que quedó una mancha en el piso de madera y tocó cepillar con viruta?. No se si eso es más chistoso que la vez que jugamos a las bebés y usamos cera de piso como crema y el ardor en el rabo nos duró como 8 días. La empelotada de mi prima por el berrinche que hizo cuando me rompió el televisor que hice con una caja de cartón envuelto con un papel regalo de ositos. Las caminadas desde la casa hasta el Hospital de Kennedy, la monedas que le sacaba a la alcancía de mi hermana para alquilar películas. El árbol de cerezo que se movía cuando llovía y nos asustaba en el patio de la casa. La ventana del tercer piso por la que me salía con mi hermana y la vecina nos sapeaba con mi papá. Los vestidos de baño que mi papá perdió en un bus de paseo a Melgar y la botada de las maletas viejas de cuero que echó a la basura. Los desayunos corriendo por la mañana para ir al colegio a la calle décima sur con carrera 15. ¿Esos desayunos de afán que aprendí al pie de la letra y tal vez por eso mi esposo enloqueció?.

Ella hizo un silencio y saltó en otro microsegundo 30 años adelante.

Qué bonito era levantarnos para ir al aeropuerto y volar a cualquier parte del mundo. Te acuerdas de la vez que nos botamos al piso de la risa por un video que nos sacaron luego de subirnos a una montaña rusa. Lo verde que él se veía en el parque de diversiones porque creo que se había intoxicado pero bastó con que se recostara dos minutos y unos pañitos de agua tibia en la frente le recobraron el aliento?. Los globos del matrimonio, los sobrinos en la casa comiendo palomitas de maíz y viendo películas o buscando tesoros escondidos. Los bebés que lloramos, las maratones de películas, los karaokes y los desayunos de Patos al Agua que olvidaste. Lo olvidaste.

De nuevo ese silencio ensordecedor. Lloró, miró sus manos y se preguntó...

Míralas, sucias, y para qué? ya mi pelo no se volverá a ver peinado, ni mi cara mostrará las pecas que tanto me tapo cuando me maquillo. Pero mis arrugas a los lados de mi boca me saldrán en todas las fotos y cuando mis papás las vean, serán las fotos que pondrán cuando ya no esté, porque son miles! Pero son gracias a ti, señor.

Las tardes de arte con los chiquis, los juegos con pimpones, los regueros que dejaban en la casa. Cuántas sonrisas y lágrimas cuando llegábamos a la meta, cuántas fiestas, novios, carcajadas, caldos de costilla, viajes, el viento pegando en la cara y el sol reflejado en el retrovisor, los pueblos, el nono, el algodón de dulce del pueblo de Zapatoca, las cocadas, la iglesia y sus inigualables campanadas. Ay señor me parece escucharlas, sálvame, llévame contigo.

Él la abrazó y ella dejó de llorar. Recordó que la bendición el día de su bautizo, la fiesta de su primera comunión, el guayabo antes de la confirmación, el llanto por el vídeo del nacimiento de un bebé en el encuentro pre matrimonial, las lágrimas jurando ante el altar en su matrimonio, la promesa que hizo arrodillada en el santísimo y la cuarentena de 60 días que la partió en dos, era la fuerza que ella recobraba para poder irse en paz. 

Te llevo conmigo señor, porque fuiste tú quien me puso el aliento y eres quien me dará uno nuevo cuando este se acabe. Salva mi sonrisa, salva mis buenos recuerdos, mi voz, mis palabras bonitas y mis sueños. No me dejes ir sin poder pedirte perdón por exigirte que saliera el sol cuando había lluvia o que hiciera calor cuando tenía frío. Abrázame más fuerte que necesito callar el miedo de este momento. Oye mamá, princesa mía, mi hermosa de ojos verdes, no llores, no te derrumbes, prométeme que yo seré tu nuevo ángel y que siempre lo sentirás en tu corazón. Papito, sigue manteniendo tu paz, esa la aprendí de ti. Niñas, mis hermanas del alma, agárrense duro del de arriba y no suelten a sus compañeros de vida, cuiden el corazón de mis 4 pedacitos de vida. Niños, no dejen de ser niños. Señor, libéralo a él, te prometí que lo amaría hasta el día que tú quisieras, y así lo hice, hasta que la muerte nos separó.

Y en un cerrar de ojos su aliento desapareció. La lluvia paró, la noche acabó, y volvió el silencio ensordecedor. Ella se posó al lado de él y en un parpadeo ella lo escuchó, le susurró su nuevo propósito, y la devolvió; también el aliento, el más importante, se lo devolvió.




*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 2: Estás a punto de morir, qué te llevarías?



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