jueves, 28 de mayo de 2026

No sé si esto es real o estoy durmiendo

Empezamos en febrero. Luego de una conversación de ocho horas y media nos lanzamos al vacío como dos adolescentes. Ambos sintiendo que el pelo se nos caía, que nuestra piel estaba flácida, que la energía de nuestros veintes no existía, que estábamos llenos de hábitos incómodos, con manchas en la piel, con las pecas del sol, la delgadez de la soledad y el corazón lleno de remaches. A pesar de eso rompimos la barrera de la distancia y luego de dos meses yo ya tenía el tiquete listo para ir a verlo. Veinte y cinco años de amistad no eran suficientes para sentir mariposas en el estómago. Ya no éramos amigos, ahora éramos novios. Solteros, añorando hijos que no pudimos tener. Tres embarazos perdidos en nuestras relaciones pasadas pero por fin estables a nuestros cuarenta y cinco años.Ya no queríamos hijos, ni matrimonios rotos, queríamos que alguien nos amara, así como veníamos, muy adultos, pero un poco dañados.

Alisté la maleta una semana antes. Cada vez que pensaba qué llevar para verme como "su novia" recordaba que no podía dejar de ser yo misma y verme como siempre él me había visto: como su amiga linda. Así me llamaba cuando éramos solamente amigos. Cada camiseta, jean, short o tenis que iban a la maleta, al final debían ser leales a la misma Barrantes de siempre. Alistaba cada cosa pensando en que fuera sencilla pero lo más casi perfecta. Pocas joyas pero las más lindas, pocos zapatos pero siempre tenis, camisetas blancas que siempre son indispensables e iluminan a las personas. La peluquería, la piel, una buena alimentación meses atrás, ejercicio para mantenerme en forma, un perfume suave, poco maquillaje, un secador por si salía alguna reunión especial y como siempre, un regalo para él. Yo llegaría el día de su cumpleaños. Abril, mayo y junio. Tres meses me dijo. Uno es un idilio, con tres ya sabremos cómo nos va. Ni un beso nos habíamos dado, podríamos aburrirnos en ese tiempo o podríamos tragarnos lo suficiente como para volver tres meses después. Podía ser una luna de miel o una convivencia de compañeros de cuarto, porque si no funcionaba, no iba a cambiar mi tiquete para devolverme antes, ni tampoco tenía algún lugar tipo "plan B" como me lo advirtió mi mejor amiga cuando le conté de nuestra locura.

Ambos ya habíamos tenido relaciones a distancia. Ya habíamos perdido el tiempo, la razón, el corazón, las llamadas largas, las cortas; ya ambos nos habíamos enfermado lejos del otro y ya sabíamos lo que era una separación. Esa que sale después de haberse casado a medias, donde a uno lo botan luego de una década, como si vivir con uno fuera un infierno. Sabíamos que el corazón de ambos debía estar guardado en una caja de cristal, protegido por todos los santos, rosarios y aguas benditas de nuestros papás. Los que nos vieron sufrir por no encontrar una pareja estable, fiel y que no se cansara de luchar. Ya estábamos lo suficientemente grandes para saber que tener una relación no es un tema de sexo luego de tantos veranos solitarios, de afán o de estar por estar.

Luego de tres horas de vuelo, me temblaban las piernas cuando llegué a inmigración. Sabía que el hombre de seguridad me revisaría sutilmente hasta las pestañas. Yo sabía que debía verme más seria, profesional y mujer segura, que nunca, pero la verdad es que ese día y como los siguientes diez más que repetí una y otra vez, me temblaba hasta la piel. Llevaba un libro en la mano para no sacar el celular mientras hacía la fila. Seguía las órdenes y presentaba mis papeles en orden. Visa, ok. Vivienda propia, ok. Empresaria, ok. Trabajo estable, ok. Trabajo a distancia, ok. Familia en mi país, ok. Tarjetas, ok. Todo ok. Menos los latidos de mi corazón que sentía que se podían ver por encima de mi pecho. Si, mi pecho pequeño. Talla treinta y seis que no se nota. Mi pecho era lo que más me atormentaba cuando él me viera e hiciera su recorrido de pies a cabeza. Diez años le escuché decir al último personaje que me había botado, que mi percho era feo. Pero esa basura que no era cierta, se aparecía en mis inseguridades físicas de vez en cuando cuando me miraba al espejo, a pesar de que todo el mundo a mi alrededor decía que era linda, muy linda, así como le dice a uno la mamá desde que nace, "eres muy linda pero no lo ves" o hasta como él me decía, mi amiga linda. Había agradecido no haber tenido hijos y además la gravedad en mi pecho, no hacía aún su tarea. Con mi camiseta blanca y mi mejor sostén, ese día me sentía divina. Me llené del Espíritu Santo y finalmente crucé ese mar de tiburones de inmigración, avante. Pasé como si fuera de la casa. Mi gabán gris y mis feromonas alborotadas por verlo, controlaron mis pensamientos incluyendo el de mi pelo esponjado por el calor. Salí con mis maletas y al otro lado del teléfono él me decía: "¡qué eternidad! ya quiero verte, ¿por qué no sales rápido? ¿dónde estás?". Así, apareció de un momento a otro por detrás, me tomó por sorpresa y yo salté de emoción. Verlo a los ojos, afeitado, midiendo casi dos metros, con mi misma delgadez y con el niño interior brotando por encima de la ropa, me hizo mandármele encima para casi tumbarlo con un beso. Así como el comercial de "Coca Cola es así" de los ochenta. Siempre un beso corto, fuerte, con un abrazo rompiéndonos los huesos, brillando porque ambos estamos de blanco, felices, siendo los mejores amigos y novios a la vez.

Así nuestro ritual cada tres meses terminaba con una despedida de lágrimas y nuevamente con emociones de bienvenidas meses después, septiembre, octubre y noviembre. Repitiéndola por cinco años una y otra vez. La emoción de la traga de nuestro amor era maravillosa, libres, viajando por el mundo y sin hijos, hasta que un día no sé qué le pasó a Dios, pero enloqueció. 

Era el día de la independencia de Estados Unidos y mi vuelo era a las siete de la noche. Con mis piernas temblando lo miré y le dije: "no sé si esto se fue a la mierda, pero creo que con casi cincuenta años, estoy embarazada". Lo único que hizo fue mirarme con los ojos llenos de lágrimas, enmudecido, con el mismo miedo y terror que yo. Feliz, frustrado y en shock. Le dije, "no quiero tener un hijo a los cincuenta. No quiero perder nada de nuestra vida perfecta. No sé si esto es real o estoy durmiendo, pero no quiero. Simplemente, no quiero".

*Escrito para el XII Mundial de Escritura - consigna día 4: Busquen en su memoria un ritual y pónganlo en crisis. ¿Qué pasa si el ritual se pierde? ¿Qué orden se alteraría? Narren en primera persona, desde un lugar de intimidad, el ritual y su fractura. Puede ser una mirada adulta o desde la niñez.



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