sábado, 30 de mayo de 2026

Tan oscuro el cielo como el mar

 Lo último que ella recordó fue el instante en el que estiró sus brazos para tomar las manos de Miller. Ella caminó hacia él un poco mareada, luego de haberse tomado un trago que alguien le ofreció. Como regla de oro, se dice que no hay que recibir nada de nadie en la playa, ni comida ni alcohol. Pero ese día ambos rompieron la regla. 

-Miller, no me siento bien, no me dejes sola por favor, creo que algo no está bien.

Fueron las últimas palabras que recordaba y que había pronunciado la noche anterior. Como si un gran angular hubiera llegado al iris de sus ojos, trató de recordar cómo había llegado ahí. Se miró.

-Mierda, por qué no tengo mi ropa puesta.

Pensó Coky cuando se sentó sobre la cama y vio que solamente llevaba sus pantis. Eran las cinco de la mañana. Apenas entraba el azul culposo por la ventana y la luz tenue alumbró la escena. La habitación tenía dos camas, una doble donde ella había despertado y una sencilla donde Miller aún se veía dormido. Ese era el apartamento que habían rentado en Santa Marta para pasar el último fin de semana. El último de sus vacaciones. El último de su relación.

Su aliento no expulsaba alcohol, pero su cabeza no recordaba absolutamente nada de lo que había pasado la noche anterior. Le dolía hasta el pelo, pero no tenía sentido esa borrada de casete. Ni siquiera sentía el olor del alcohol en su boca.

Se puso de pie cubriendo su cuerpo con la sábana como si eso le ayudara a ocultar la culpa de algo que había hecho mal, pero aún no sabía qué. Era suficiente ver que supuestamente el amor de su vida con quien había decidido casarse, estuviera durmiendo lejos de ella. Observó los zapatos de ambos llenos de arena en el suelo, el pantalón de él medio húmedo, pero él conservaba la camiseta puesta. Intentaba recordar, pero era imposible. Nada, lo único que volvía a su mente era la imagen de Miller recibiéndola cuando ella caminó hacia él.

Podía recordar el calor del aire y la arena seca que había atrapado el ardor del sol del día. El cielo no estaba estrellado, recordó. Había estado tan oscuro como el propio mar, así como su mente. Estaban oscuros sus recuerdos. No había caso, debía despertar a Miller para preguntarle qué había pasado, pero mientras caminaba lentamente por el cuarto, encontró su vestido negro asomado debajo de la cama, así que se lo puso. Algo le dolió en la pierna. Tenía una leve cortada que cuando la miró, escuchó el grito en su cabeza y un flashazo del momento en que tratando de llegar al baño, ella se había rozado y cortado la pierna con la tina de azulejos. Le dolía todo, hasta el arrepentimiento de haber recibido ese trago.

Antes de ponerle la mano a Miller en la espalda, nuevamente dudó de despertarlo. Pensó en ir hasta la sala para ver si había alguien más con ellos, pero no, estaban solos. Las sillas del comedor estaban regadas y una de ellas estaba en el suelo. Eran gruesas, de mimbre y pesadas. Coky se estaba agachando para levantar la silla y ponerla en su sitio, cuando otro grito en su cabeza la ensordeció y se vio llorando e histérica gritando con la silla en la mano. Era el siguiente recuerdo más nítido en su mente, pero como los destellos que dejan los carros cuando el obturador se queda abierto, dejó una línea en la memoria borrosa y se desapareció con un golpe. Un golpe, ese era el tercer recuerdo. Algo había golpeado per no sabía qué.

No quería levantar la mirada, pero vio los pedazos de vidrio en el suelo. Y como si fuera un camino para llevar a alguien a una trampa, fue levantando sus ojos y se encontró de frente con la puerta de vidrio del apartamento. Rota, con un hueco a la altura de su cabeza. El vidrio no se había hecho pedazos porque tenía una película de seguridad, pero ahí de frente como si se hubiera convertido en una loba durante la noche, recordó que era ella quien había roto esa puerta con todas sus fuerzas, con ira, con odio y con gritos repetitivos llamando a Miller. Él la había encerrado en aquel apartamento, había vuelto a salir a la playa y sin reparo, la había dejado sola, sin imaginar que al día siguiente, ninguno de los dos sería el mismo. Había sido casi un asesinato, un abandono, un encierro, un hombre que ahora parecía un desconocido en la cama de ese lugar y ella empezó a dudar de si aún él respiraba. Antes de volver a él se miró las manos para encontrar respuestas, pero las tenía adoloridas, temblando y con con una argolla en su dedo anular que desapareció lentamente, cuando escuchó un radio teléfono de un policía hablando en voz alta. Lo vio por el hoyo de la puerta y cruzaron sus miradas. 

- Afirmativo, hay una mujer al otro lado de la puerta. Al parecer está viva.

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