viernes, 6 de noviembre de 2020

El objeto valioso

 26 de marzo de 2010. 

"Abrieron el auto, sacaron solamente dos maletas, una de ellas era la suya, donde estaba su computador".

Con esa afirmación, en el extranjero, en el supuesto país donde no suceden ese tipo de robos, mi hermana se acercaba a mi y me bloqueaba la posibilidad de elegir las últimas ofertas de Victoria Secret. Levanté mi mirada y pensé que me hacía una broma. Pero su expresión fría me hacía imaginar que tal vez eso sí era posible. 

Mientras caminábamos por entre los enormes corredores de ese centro comercial, conocí la eternidad. Una distancia que me silenciaba y aumentaba la posibilidad de perder mi computador. Mi segundo objeto más preciado, pero ese, era mi primer portátil. Un MacBook Pro. El primer objeto que había adquirido gracias a mi trabajo, esfuerzo y dedicación. Lloré el día que lo compré y hasta me tomé una foto para no olvidar la felicidad que sentí.

Después de haber perdido en la sala de cirugía de un establecimiento de la Avenida Caracas con 72 en la ciudad de Bogotá, 10 años atrás, a mi regalo de quince años, que era una cámara de Video 8, no había vuelto a sentir semejante vacío como el que sentí cuando mi hermana me habló por robo de mi maleta. Recuerdo que el día que perdí ese, mi primer objeto más preciado, mi cámara de video por culpa de un supuesto "experto en cámaras", lloré como si hubiera perdido mi mascota. Cuando terminé de llorar, me prometí no volver a hacerlo por un objeto. Así que el 26 de marzo de 2010, mientras caminaba por los eternos corredores,  me repetía mentalmente: "dijiste que no volverías a llorar por la pérdida de un objeto", y así fue.

Al final del corredor, se veían las siluetas de los integrantes de mi numerosa familia. Minutos antes, todos habíamos realizado una parada en el centro comercial para derrochar los pocos dólares que llevábamos entre el bolsillo. Las maletas las habíamos dejado en la camioneta que nos había transportado desde el aeropuerto, mientras se acercaba la hora de Check in del hotel en Miami. Por supuesto el encargado de cerrar con suficiente seguridad el auto, no se percató que alguien nos tenía en la mira.

Fue así como según las cámaras del lugar y los artefactos propios de la investigación en "la escena de hurto del objeto valioso", determinaron que posiblemente nos habían estado siguiendo desde la salida del aeropuerto.

Cuando finalmente me acerqué a mi familia, todos y cada uno de ellos me miraban como si yo fuera a derramar gritos de histeria. Pero no. La mirada de compasión de mis sobrinos, mis papás, mis cuñados, mi prima, las suegras de mis hermanas y mis hermanas, me enternecieron tanto, que lo único que se me venía a la mente era: ¿"es un objeto, no te angusties, calma y respira: los tienes a ellos"?. Su cara de preocupación por mi, fue mi medicina.



Así fue como pasé de no comprar ropa interior de Victoria Secret a comprar un nuevo computador portátil. No hubo derroche de dinero para elegir nuevas cosas en otras tiendas, no pude comprar nada más en todo el viaje porque mi dinero se invertiría en el nuevo computador portátil. Realmente eso era lo que menos importaba, los tenía a ellos, a mi familia. La que siempre ha estado y estará cuando nuevamente pierda algo material o emocional en mi vida.



**Escrito para el Tercer Mundial de Escritura - consigna día 11: escribir un texto que tenga su momento de mayor impacto o tensión al comienzo de la historia. 





jueves, 5 de noviembre de 2020

No es un punto, es coma.

Era muy difícil saber cómo ella había quedado en ese estado. Pero según Roberto, una vigilante del conjunto residencial llamado "El Bosque", el primer testigo de la noche, ella había llegado al edificio de su hogar a las 23:00 horas. Esa noche la vieron entrar tanto el portero Raúl, como el vecino del apartamento del piso superior, Paco. El tercer testigo. Aunque ella no mantenía una relación cercana con sus vecinos, Paco, permanecía a la espera de un saludo por parte de "la vecina" y la reconoció a pesar del tapabocas y la careta. Mientras conversaban la vieron cruzar la puerta de la recepción del edificio, de manera rápida e indiferente y con un simple "buenas noches". 

Otro de los hombres del personal de seguridad, que sería el cuarto testigo, en su ronda nocturna, escuchó los sollozos y el llanto de la mujer durante varias horas seguidas. Aunque sabía que estaba sola porque el apartamento había estado desocupado un par de meses, imaginaba que sus lágrimas podrían provenir de algún caso relacionado con su pareja, que hacía tiempo no se le veía. 

Según el informe policial, uno de los vigilantes del personal de seguridad, realizaron una llamada al 911 porque intentaron tocar la puerta y nadie respondió. Para poder ingresar, tuvieron que forzar la chapa y la encontraron en la habitación, casi desmayada y con el pulso muy bajo. Llevaba puestos unos guantes, una bata de dormir y unas medias térmicas. Suponen que debía sentir mucho frío. 

Tratando de reconocer el lugar, aparentemente no había nada relacionado con bebidas o alimentos consumidos durante el día, solamente se veían pequeños desechos de una fruta consumida en la noche. El refrigerador estaba completamente vacío y la vajilla casi intacta. Lo único que permanecía caliente era la cera de un velón blanco en la habitación.

Las autoridades hicieron un llamado al personal forense, el cual el siguiente día corroboró que efectivamente había estado despierta durante altas horas de la noche, porque no solamente se evidenciaba en la humedad del papel que utilizó para secar aparentemente sus lágrimas, junto al espejo del cuarto de baño, sino por el registro de acceso que se evidenciaba en su computador. Allí se empezaban a desatar las hipótesis de su estado.

El quinto y sexto personal de involucrados en el informe policial, serían dos de sus más íntimos amigos.  Estuvieron esa noche en la sala de espera de emergencias y le comentaron a la policía que una notificación de una publicación en su blog, les había llegado en la madrugada a eso de las 2:20. No solamente les había llamado la atención la hora, sino el tipo de contenido. Aunque la mujer casi siempre publicaba temas relacionados con sucesos externos, casi nunca escribía o socializaba cosas sobre su vida personal.  El texto de su publicación era escueto y evidenciaba mucha rabia y dolor sobre la belleza y la vanidad. Al parecer esa noche algo debía haberla estado perturbando profundamente, para haber realizado esa publicación sin medir las consecuencias que posteriormente desatarían juzgamientos y señalamientos de sus actos.

Aunque aún se desconoce la causa de su estado, la hipótesis más cercana, se relaciona con lo último que consumió o incluso sobre algún shock emocional. En una de sus manos sostenía un libro espiritual y junto a su almohada una nota marcada con una fecha de más de dos meses atrás. El mensaje decía: "Dios está en este hogar". Ese mensaje, se registró como la séptima y última persona involucrada en el informe. 

Sigue siendo una inconsistencia el número de testigos y se siguen desatando hipótesis sobre las causas de su estado de coma determinado por los médicos. Solamente se espera que en algún momento, algún tratamiento o milagro la haga despertar, que acabe el silencio y le quite el frío o la blancura de su palidez que pareciera la tuviera atrapada en ese estado de vida, no de "punto final", sino de "coma", que la mantiene dormida en una aquel muro de cristal.


**Escrito para el Tercer Mundial de Escritura - consigna día 10: escribir un relato policial, víctima o testigos, a partir de un cuento de hadas clásico. Elección: Blanca Nieves y los 7 enanitos.




miércoles, 4 de noviembre de 2020

El globo amarillo


"¿Hace cuánto que no luchas?", le preguntaba un niños de 5 años a Batman en plena Plaza de Bolívar.

El hombre bajó su mirada y le contestó: "¿Por qué supones que no lucho?". ¿A caso has visitado mi cueva?, conoces algo de mis trabajos nocturnos o diarios?. Quién te ha metido esas ideas en la cabeza?

El niño que llevaba una capa igual a la de Batman, se mantiene intrigado por los globos que lleva Batman. ¿No debería ser a caso un súper héroe que lanza anzuelos a los tejados?

Batman parece frustrado con la pregunta y con sus globos que se venden poco. Aún así los amarra a su carrito de perros y los mantiene atados para no perderlos.

Batman tiene canas, ya no vuela, ya no sabe cómo vender sus globos. Algunos los tienen prohibidos en lugares públicos. El helio lo utilizan para imitar voces y está escaso. Es por eso que a veces él vende los globos sobre un soporte largo con un nudo, que hace parecer que flotan, generalmente miden entre 1 y 2 metros de altura. 

Cuando hace sol, los globos explotan, porque el calor no lo soporta. Aún así, Batman va todos los sábados a la Plaza de San Victorino, hace su pedido, los infla con el sol o la lluvia de turno y se devuelve hasta la Plaza.

Nuevamente el niño le pregunta "¿Hace cuánto que no luchas?". Y Batman hace una pausa para imaginar sus luchas, sus caídas y sus derrotas. Pero solamente lo recuerda, pasa saliva y en ocasiones bosteza. Siente el vacío de su corazón. Batman parece que tuviera el corazón de color amarillo. Palpita y se comprueba que cuando intenta salirse de su pecho, le salen mariposas como en las historias de Macondo.

Cuando pierde algún globo, la vaticueva lo detecta y lo atrae con un control de mando. De tal manera que día a día, Batman vuelve con el número exacto de globos a la plaza.

Niño uno, niño dos, el de gorra, el de tenis, el de calle y Batman solamente espera al niño que diariamente lo busca y le pregunta: "¿Hace cuánto que no luchas?"... 

Hubo un día en el que el niño no volvió.

Una mañana de abril, Batman, sintió que perdió su memoria. Olvidó la plaza en donde se paraba todos los fines de semana a vender sus globos. Olvidó cómo amarrar su zapatos, olvidó los sueños, olvidó la cuchilla de afeitar, olvidó cocinar, olvidó su próximo destino, simplemente lo olvidó todo.

Y ahora era libre. Había recordado volar. Un globo amarillo se había soltado de su carrito de perros calientes y se elevaba lentamente. Había descubierto que su memoria estaba atada a sus globos. Que a medida que pasaban los años, algunos globos se perdían en el cielo, otros permanecían y otros explotaban.

En su memoria, venía la pregunta del niño: "¿Hace cuánto que no luchas?". Y Batman miraba al cielo y dejaba escapar una sonrisa con el recuerdo de su nieto. Aquel que le hacía creer que era Batman por su pregunta casi diaria. Lo hacía sentirse un súper héroe. Le hacía olvidar los problemas de la vida y le recordaba que ahora era él, su nieto, era quien se encargaba de comprarle nuevos globos color amarillo, así su abuelo, casi no lo recordara.

A veces se le ve pasar en algunas plazas. Le dicen "Robin", pero a él le gusta sentir que es casi como Batman. El nuevo hombre que vende globos en la Plaza.



**Escrito para el Tercer Mundial de Escritura - consigna día 9: escribir a partir de la siguiente frase: "¿Hace cuanto que no luchas?" Nene de unos 5 años a un Batman que vende globos en la Plaza Independencia, Mendoza.



lunes, 2 de noviembre de 2020

Como dos pepas de mamoncillo

Con el murmullo de las voces de la casa de a lado, intentaba conciliar mi sueño. Un martes, luego de un partido de fútbol, en plena pandemia donde era imposible salir a celebrar, Colombia ganaba 3 a 0. Mi obligación diaria del trabajo, me forzó a tratar de dormir, a pesar de mis ganas de salir a algún bar. 

Mi cama era los suficientemente grande y cómoda para descansar. La puerta de la habitación permanecía abierta. Las ventanas ondeaban las cortinas levemente, porque el viento refrescaba la habitación, que en la noche, fácilmente podía alcanzar los 30 grados centígrados. En ocasiones utilizaba una manta para el frío de la madrugada, pero me sentía relajada y con la serenidad propia del momento de ir a descansar

Los ruidos de las hojas, el crujir de los árboles, el ronroneo del gato de la vecina y el bajo volumen del televisor antes de dormir, me arrullaban casi a punto de hacerme caer en los brazos de Morfeo. El temporizador a las 23:05 apagó el televisor y entre los saltos de las ovejas de mi imaginación, las vecinas desataron un alarido que retumbó la casa por completo. Duró aproximadamente unos 8 segundos y finalizó con un gemido de llanto.

Mis ojos se abrieron como dos pepas de *mamoncillo. Fruto jugoso y redondo, conocido en otros países como mamón, maco, quenepa, limoncillo, huaya, motoyoé o coquito de San Juan, que al quebrar su cáscara, expulsa su pulpa esférica. Así estaban mis ojos en esa oscuridad a media noche. 

Aunque un grito así, podría ser ocasionado por cualquier evento, como un golpe, una broma o incluso una herida, mis oídos se afinaron como un silbato que se utiliza para ahuyentar a los perros. Mi cabeza casi erguida como la de un pavo real, con las plumas de mi pelo electrizadas, en vez de escuchar las voces de las mujeres, escuchaban los latidos de mi corazón. El latir de mi pecho casi a punto de romper mis costillas, se aumentaba con el silencio que inició con el enmudecimiento de las dos mujeres. Esperaba atenta, un grito que dijera: "ayuda", o "llamen una ambulancia", o "¿Qué te pasó?", o "¿Y ahora qué hacemos?", ¡o algo!, pero ¡nada!. No musitaron palabra alguna.

En ese justo instante empezaron mis miedos a mezclarse con cada uno de los sonidos del exterior. Pero como si hubiera sido un espanto, el gato dejó de ronronear. Las hojas de los árboles no se movían con el viento y la sombra sobre mi ventana, quedó paralizada. Empezaba a creer que alguien de pronto entraría por la puerta de la habitación. Pero me llené de valentía y me puse en pie para asomarme a la ventana. Mientras caminaba hacia ella, las cortinas dejaron de moverse y quedé paralizada. Retrocedí, cerré la puerta y casi sin mirar para los lados, volví a mi cama.

Escuchaba ruidos leves en el techo. Podría ser alguien caminando, o seguro estaría intentando entrar a la casa de mi vecina, pero ¿Y por qué no se escuchaban más gritos o conversaciones lejanas?.

No lo sé, pero empecé a sudar frío y mi miedo me impedía encender el televisor, moverme o intentar descifrar el aullido que parecía el avistamiento de un fantasma en medio de la noche en plena carretera de lluvia, luego de pasar cerca a un cementerio. Realmente fue aterrador. Ni mi sensatez, ni mi madurez, ni mi edad lograban controlar mi imaginación. Intenté dormirme pero fue casi imposible. Tuve que orar y pedirle a Dios que me dejara dormir. Pero solamente pude conciliar el sueño por una hora desde la 1:00 am hasta las 5:00 am, momento en el que por fin empezaba a salir el sol. 

Me levanté, le pregunté a quienes esa noche también dormían en la casa pero nadie había escuchado los gritos de las mujeres. A pesar de la luz del día, mi pánico se intensificaba, los latidos de mi corazón permanecían fuertes y se mantuvieron constantes hasta las 3 de la tarde del mismo día. Momento en el que mi mamá le preguntó a la vecina si algo les había sucedido. Y si. efectivamente el grito de sus dos hijas la había hecho también levantar de su cama como a mí.

Cuando me dice mi madre: "resuelto el misterio", esperaba que estuviera relacionado con algún espanto, pero no. La causa había sido la fobia de sus hijas por las cucarachas voladoras. Una del "tamaño de un ratón", dijeron.

No me pregunten cómo un grito por algo tan insulso me pudo llenar de terror durante toda la noche y casi todo el día siguiente. Pero les aseguro que se pusieron de acuerdo las cortinas, el televisor, las ramas, los árboles, el gato, las sombras y las cucarachas para hacer una de las peores noches de terror en el encierro de la pandemia.


**Escrito para el Tercer Mundial de Escritura - consigna día 8: escribir sobre resolver enigmas, alrededor de un sonido indescifrable.






sábado, 31 de octubre de 2020

6000 hilos

Un refugio. Un lugar en el corazón. 

Un momento de pausa, un lugar donde no hace ni frío ni calor. Tiene la temperatura perfecta. Ahí, a veces puedo caminar en medias, suaves y con hilos como si estuviera entre las nubes. Allí la luz entra por la ventana y con los rayos del sol calientan la habitación. Cuando hay completo silencio, se puede escuchar el sonido de los pájaros, e incluso el movimiento de los árboles. En la madrugada a veces se cuela el frío por entre mis guantes, pero la taza de café me calienta los dedos. Esa neblina, con algo de sol, alborota mi pelo y el viento lo mueve lentamente cuando cierro los ojos y dejo que la silla colgante se mueva al compás de mi corazón.

Me gusta el olor de las flores. En especial el olor amarillo de los girasoles. Pero hay unas nuevas que han llegado a mi refugio, Orquídeas rosadas, que ahora me miran desde el cielo y sin pausa y sin prisa. A veces las veo llorar. Sus lágrimas caen con el rocío de la lluvia. Esa que da suaves golpeteos y pasan de ser notas musicales a melodías perfectas, en un pentagrama armónico de mi silenciosa habitación.

En una pared, está plasmada la teoría de la ilusión. Un manual tipográfico que flota en el aire y se va tatuando en nuestro corazón. Es el rojo del amor, el intenso, el que huele a piel y a perfume. Puedo cerrar mis ojos y sentir tus manos enredadas en mi pelo. Me hacen descansar, me hacen sentir en mi refugio.

Me gusta saber que duermes a mi lado, con una respiración sutil y sin preocupación. Ahí, en mi refugio el tiempo no acosa, no acelera, no me condiciona, no me exige, no me compromete, no me pide nada a cambio. Solamente late, como si se sincronizara con los latidos de mi corazón. Nunca he sentido sus movimientos dentro de mi, pero ahí, en nuestro refugio, puedo escuchar tu risa, sentir tu pelo y tu mirada miel sobre mis ojos.

Hay un momento en el día en el que despliego mis manos sobre la colcha, parecen más de 6000 hilos unidos para recargarse con la pausa de los minutos del día. Con el paso de las horas se levantan como aves en un lento vuelo de sábanas para la noche. Ahí es cuando mi refugio empieza a caer con el azul de la tarde. 

Amo mirar el lila del cielo. Los naranjas, amarillos y blancos que me desconectan de todo. Pierdo la noción del tiempo. Mi apetito pasa a ser algo espiritual, mi energía finaliza con las luces de las velas de la noche. Ese momento para volver a los hilos, sentir tu respiración y los latidos de tu corazón. Te abrazo, me reconfortas, cruzo mis dedos con los tuyos y me haces soñar. 

Sueño con un refugio nuevo. Uno que no tenga las lágrimas sobre nuestras almohadas separadas. Uno que huela café en la mañana y al final de las tardes. Uno que sepa a cenas deliciosas, a películas de pantallas con infinitas pulgadas. Con sillones distintos que se unan con nuestras manos al final del día. Uno que inicie con las palabras que fueron la poesía de nuestra unión y termine con la posibilidad del milagro de dar vida.

Lo imagino y mi corazón se acelera, porque no es producto de mi imaginación. Conozco la luz de la  habitación, puedo sentir los hilos, los que no nos han tocado, los que nos siguen esperando, para despertarnos nuevamente y convertirse en sincronías de una mirada que nuestro refugio nos dio. El refugio de Dios, el de nuestro corazón.



*Escrito para el Tercer Mundial de Escritura - consigna día 6: recorrer la casa y observar el entorno inmediato, y escribir sobre qué dice la arquitectura del lugar,  los objetos a tu alrededor y los espacios de la casa. Elegir dos elementos de cualquier naturaleza y usarlos como disparadores para escribir un texto. 



Brillantina

Hacer por primera vez una fiesta en la casa cuando se tiene 20 años, significaba compromiso, detalle y dedicación. Esa fiesta debía ser perfecta. Elegir la fecha era sencillo: “Halloween”. Temática: libre. 

 

Entre mi hermana y yo convencimos a nuestros padres y nos permitieron utilizar por primera vez, la sala, el comedor y el garaje, para hacer una fiesta inolvidable. 

 

Mi hermana era estudiante universitaria, rodeada de ingenieros tipo “The Big Bang Theory”, y yo, con dos años menos, también era estudiante pero de otra universidad y rodeada de diseñadores. 

 

Esa mezcla sería una bomba para la fiesta. Se nos volvió un plan y un reto para ambas. Enfrentamos nuestro amor la profesión y planeamos el premio al mejor disfraz. Era el “ingenio” de los amigos nerds de mi hermana, enfrentados a la creatividad de mis “amigos” diseñadores, súper underground, cool y cuánto adjetivo propio del universo artístico.

 

Nuestra casa, tenía el espacio perfecto. El comedor para los pasabocas, la sala para quienes se cansaran de tanto bailar y el garaje para la súper rumba. Equipo de sonido con 5 unidades de CD, bafles distribuidos por todo el área, empapelado con bolsas plásticas negras para impedir el paso de la luz por todo el garaje, luces bajitas y listo. 

 

La parte fácil, estaba lista y definida en nuestra mente. Pero faltaba lo más importante: el disfraz. La mayoría de mis atuendos anteriores estaban llenos de despeine, de colores estruendosos y de poca feminidad. Así que decidí tratar de verme como Olivia Newton-John con un vestido azul de los años 60, con peinado de peluquería propia de la época y por supuesto, con mi respectivo parejo: John Travolta, con su chaqueta de cuero y peinado de gomina, para ser la pareja perfecta de “Brillantina”

 

Mi hermana como siempre, amante de la costura, hizo su propio disfraz de “egipcia”. Sexi, con el cinturón dorado y todos los accesorios necesarios para verse hermosa. El único detalle que no tuvo en cuenta, es que su novio, debía utilizar una bata, tipo falda, mostrando el hombro y con la misma tela del vestido de ella: morado, pastel y de seda. Ahí fue donde empezó a aparecer algo en mi mente que decía “no te burles Lilí, ni se te ocurra reírte”.


Viernes, en la noche, lugar, comida, bebidas y todo listo. Solamente faltaban los invitados.

 

La pasarela empezó con la llegada de algunos amigos en común: espantapájaros, curas, muñecas de trapo, gatas, ratonas y unos cuantos más con pelucas. Hasta el momento era divertido, pero nada extraordinario.

 

¿Mis amigos? desaparecidos. En esa época no existían los celulares, así que solamente tocaba tener paciencia y esperar. Cuando empezaron a llegar  los amigos de mi hermana, empezó lo bueno: cada uno de sus amigos “nerds”, se había tomado el trabajo de potencializar sus cualidades físicas. Llegó Drácula, un poco bajo de estatura, pero era un buen disfraz. Juan Tamariz, un disfraz súper ganador y casi perfecto. Pero se peleaba el premio con Krusty el Payaso. ¡Eran increíbles y súper bien creados!. 



La pelea estaría dura. Pensaba. Mis amigos diseñadores aún no llegaban. Yo sentía algo de temor, pero no perdía la Fe. 

 

El retraso, hacía más larga la espera, la expectativa aumentaba y fue cuando por fin llegaron. Llegaron... abrí la puerta y yo, solamente me quedé mirándolos como por 20 segundos, mientras mi cabeza me decía en voz baja, lenta y con un parpadeo largo: “¿Qué, es esto? ¡Que vergüenza de disfraces!”. ¿¡Es en serio!?. ¿Qué es este momento más ridículo como “diseñadora y sus amigos en una fiesta de disfraces”?.


Alcancé a pensar que por fortuna, esos no eran “mis amigos, sino los de mi novio”. Faltaban los míos, ellos seguro iban a llegar y no me iban a dejar morir. 

 

Pero no. Nunca llegaron.


No solamente llegaron tarde y con disfraces improvisados, llegaron borrachos, trabados y sin actitud. 


Entre esos incumplidos, una enfermera desabrida, de pelo rojo y con los ojos perdidos, una jirafa con el pelo y la cara amarilla diciendo que estaba disfrazada de “pollo”, un extraño sin disfraz y mi novio que ya no parecía Jon Travolta, sino un palo de escoba negro con gomina, me hicieron sentir como la diseñadora más ridícula del planeta. 

 

Ese día me juré no volver a ir a una fiesta de disfraces sin tener el mejor disfraz. No sé qué será de la vida de ellos. De los que llegaron y de los que nunca llegaron. Ni idea. Pero si sé que los amigos nerds de mi hermana siguen fieles cada año recordándome esa escena tan deplorable de disfraces de ingenieros de sistemas vs diseñadores gráficos.

 

Aunque la ridiculez me dañó la noche, años después, las ganas y mi amor por los disfraces, me dieron varios premios, pero los mejores fueron el de “The Apple Earphones” en Alma Bar en 2011 que hicimos con mi esposo y el de Cyborgs, en el club El Marquez en 2015 que hicimos con mis primos.

 

Gracias a un momento ridículo, terminé apasionándome locamente por los disfraces.








 


*Escrito para el tercer Mundial De Escritura - Consigan día 5: sobre “la ridiculez” y sentirnos inadecuados.






jueves, 29 de octubre de 2020

Cruz

Sudar por terror, sudar de miedo, sudar sangre, sudar simplemente es por falta de Fe. 

¿Acaso es necesario imaginar una cruz como si fuera un elemento que hace parte del “género del terror en pandemia”?.  
 
La cruz para algunas religiones es una símbolo de maldad, de dolor e incluso de terror. Imaginarse frente al mundo, colgando por la miseria y las culpas de otros, no debe ser nada fácil. Ver la podredumbre del odio de los seres humanos desde la altura de una cruz, debe ser muy triste. Imaginar que el abandono no sería una salvación, eso sí daría terror. ¿En serio, creen que la cruz es un problema de simbolismo o de religión?
 
Algunos relacionan la cruz con la muerte y se olvidan que un suceso así, se volvió historia por más 2000 años. Una historia incomprensible para los que sienten terror de vivir en compañía. Terror de cumplir su palabra, terror de vivir bajo una sola ley. Terror de enfrentar sus miedos. Terror de escuchar su voz interior. Terror de decirle la verdad a sus hijos, a sus parejas o a ellos mismos. Terror es imaginar que sus cuerpos y en especial sus almas, no son de nadie.  
 
No ser de nadie da terror. Ser un alma solitaria que obedece como si fuera un esclavo, da terror. Vivir cada minuto del día detrás de alguien que se siente el “amo”, el “patrón”, “el jefe”o el “rey”, da terror. Algunos incluso llenan su egoteca con animales como mascotas que cumplen esa función. ¿Sería posible que alguien se atreviera a atarlos sobre cruces para producir imágenes de terror?. ?¡Que idea tan absurda, por favor.! ¿De cuándo acá una cruz es lo más cercano al significado  del terror?.
 
Terror debería darnos por creer en agüeros, gatos de mala suerte, en el mal de ojo, en los inventos de los que ven el futuro, terror de los mentirosos, de la gula, de la soberbia, de la  avaricia, del egoísmo, de perder el tiempo, de no escuchar, de no ver, de la pereza, de la ira, terror de no querer vivir.
 
Creo que mi terror más profundo, sería dejar de ver la cruz. No verla.  
Terror de no escuchar los latidos del alma.
Terror de perder mi rosario.
Terror de perder la Biblia.
Terror de perderme en la imaginación de lo absurdo, de creer que la cruz  podría ser  un símbolo de terror. 
Terror me daría perder mi cruz. 
Terror me daría perder mi anillo. 
Terror me daría perder mi fe. 

Ahí es donde todo perdería sentido.
 
No necesito advertencias de los seres humanos. El que está en la cruz no advierte, no me dice que tenga "cuidado con lo que hago" tipo: "mensaje anónimo". El que está en la cruz simplemente me recuerda que no se está crucificado por una "temática de terror". Está crucificado para que sintamos compasión. Para que dejemos de quejarnos por nuestro dolores, de nuestras culpas, de nuestras preocupaciones absurdas. Estar en la cruz no es una carga, es darle la mano al que está al lado. Es levantarlo cuando siente que ya no puede más. Eso significa cargar la cruz. No tiene que ver con el sufrimiento, lo repito nuevamente: tiene que ver es con la compasión.

Definitivamente no entendemos nada de sudar gotas de sangre por culpa del terror.



*Escrito para el Tercer Mundial de Escritura - Consigna día 4: Sumergirse en el género de terror: una mañana de pandemia encuentro la mascota crucificada en la casa y luego encuentro un mail enviado por mi que dice: "cuidado con lo que haces"



La joven de la perla

Siempre me he preguntado por qué cubrías las poltronas de tu sala con forros de color gris, que ocultaban la belleza del tapiz original color crema. Aunque puedo entenderlo, cuando tus nietos derramaban líquidos sobre los forros y tu rostro no se transformaba en angustia, sino en satisfacción por tenerlas cubiertas con esos forros con cordones que colgaban a los lados de las sillas del comedor. 

Pero, ¿Y el vinipel de la lámpara nueva?, por qué preferías limpiar el polvo sobre el plástico que disfrutar de la belleza de tus lámparas?. Recuerdo que una tarde que fuimos a visitarte no estaban esos forros opacos. En cambio todas las luces estaban encendidas, se veía hermosa tu sala, pero luego entendí que estabas esperando la visita de un posible comprador del tu apartamento. Sentí tristeza, imaginé que los habías quitado por nosotros. Pero aún así fue bonito ver tu sala tan pulcra e impecable. 

No olvido la lámpara acrílica transparente de medusa y asimétrica que colgaba en el centro de la sala, a la que le hacía falta una pieza y que nunca lograste conseguir. Aún tengo la foto en mi cuenta de Instagram, de las formas del reflejo de la luz que se hacían en el techo cuando llegaba la noche y podíamos encenderla. Parecía una obra de arte.

Lo más curioso de todo, era tu habilidad "antinietos" para guardar y ocultar todas las porcelanas cada fin de semana. Aunque nunca guardaste la campanilla metálica y dorada con la banderita de Chile, esa, me encantaba hacerla sonar. Puedo escuchar su tintineo.

Siempre me gustaron tus jarrones vintage de piso, ubicados debajo de tus mesas isabelinas. Con esas pequeñas flores secas que le daban ese toque antiguo que siempre me ha encantado. A veces creo que pertenezco a un siglo pasado. 

El lugar más extraño de tu apartamento, era tu cocina. Siempre pensaba que las ollas de vidrio que guardabas en la alacena, no coincidían con el resto de la vajilla. No precisamente por el color o la forma, sino porque preferías utilizar platos y vasos desechables para servir. En esa casa eras tan cuidadosa y ahorrativa, que me sorprendía ver cómo preferías utilizar plástico. No gastabas casi agua ni jabón para lavar la vajilla. Siempre me dijiste que te daba pereza gastar el tiempo lavando platos y en eso, estoy completamente de acuerdo. Era curioso que utilizaras ese jabón líquido que no producía espuma, yo prefería el de crema. Tampoco me gustaba que utilizas trapos en vez de papel de cocina para limpiar los líquidos, pero aún así, me gustaba la limpieza de tu cocina. Recuerdo el recipiente donde ubicabas la esponja. Aún yo no he podido encontrar uno igual para mi casa, alguna vez conseguí uno similar, pero la señora que hacía el aseo, lo envió a la basura porque pensaba que era el empaque del jabón. Eso me hacía entender y compartir algo de tu rechazo por las señoras del aseo.

Mi manía por sentir la textura de los objetos me hace recordar el salvamanteles de silicona con forma de vaca que tenías bajo la jarra de agua. Servía para que no se resbalara y por esa razón me gustaba pedirte un vaso con agua, o como diría mi papá: "un vaso de agua" y ubicarlo con mucha rigurosidad sobre esa base con forma de vaca.

La primera vez que fui a tu casa, lo que más me impresionó fueron los cuadros de bodegones y de ángeles, pero sobre todo, el cuadro de "La joven de la perla" que iluminaba tu sala. Fue tan impactante y se veía tan real, que la mirada profunda de la joven, me conmovió apenas la vi. Me hizo sentir en un lugar tan acogedor y único, con el que siempre me quedé con las ganas de quitarme los zapatos, y acostarme con una cobija  en el sofá, para sentirme como en la casa de mis abuelos. No en una casa silenciosa, sino como la tuya, una casa llena de risas y carcajadas. 

Extraño tu refugio Tía Vicky y sé que tu hermana y mejor amiga a la que no has podido ver hace meses, también lo extraña. Verte con ella los fines de semana armando rompecabezas, me generaba una empatía inigualable. No conozco una mujer del sexto piso que tenga esa habilidad de armar rompecabezas de 1000 fichas como tú. Algún día espero llegar a serlo.

Por ahora dejaré los recuerdos colgados en el perchero del laberinto de tu corredor. No dejaré que el frío del sofá de cuero verde que tenías en el estudio, me alejen de ti. Le aumentaré el volumen a mis recuerdos desde tu equipo de sonido, con tocadiscos, cassettera y reproductor de 5 CDs, para que retumben en mi corazón tus almuerzos los fines de semana, los helados de la tarde y de pronto por qué no, el llanto de un bebé o como querías tú, de dos bebés, que nos lleven nuevamente a ti y de pronto te mojen la colcha o el forro antinietos que posiblemente pondrías en tu cama.


*Escrito para el Tercer Mundial de escritura. Consigna día 3: presentar un personaje desde los objetos que lleva consigo y hablar desde ellos.




miércoles, 28 de octubre de 2020

Wikineynidea

1. CORÍLEO, véase colibrí.

Término relacionado con el tono que produce el polen sobre las flores y que atrae a las aves a más de 1 km de distancia. Su composición de ChO2 hace que con la luz del día produzca rayos ultravioleta imperceptibles a la vista del ser humano. La secuencia de ondas del coríleo atrae específicamente aves de la familia de los aleteodoros o conocidos comúnmente como colibríes. 

Historia

Su descubrimiento está asociado con la expedición botánica del año de 1975 entre Brasil y Colombia. El biólogo Saulo Hernández, autor del libro “El coríleo del Amazonas”, plasmó en más de 350 páginas las tonalidades de polvo de polen, a través de reconocidas Ilustraciones. Su publicación fue vista por primera vez en el verano de 1992, en México, luego de un viaje por Latinoamérica del cineasta italiano Marcelo Raveli, quien no solamente popularizó este término, sino que convirtió el coríleo en uno de los colores más predominantes en la década de los 90.

En el arte

Su obra ha sido de gran inspiración para artistas entre fotógrafos y directores de cine como Karla Hamilton, Steve Krug, Carl Reigbert y Jolie Washington. 

James Camerón durante el rodaje de la película Ávatar, aseguró que tuvo que esperar más de 10 años, para lograr la tecnología necesaria que permitiera la nitidez del color coríleo.


2. DIGTÓRICO, véase estado de coma.

Persona que realiza actividades en exceso relacionadas con el uso de todo tipo de dispositivos electrónicos. 

Se estima que existen más de 35 millones de personas en el mundo que no saben que padecen esta enfermad. Aunque aún no se han determinado posibles causas de su padecimiento se atribuye al crecimiento desbordado de la tecnología.

El primer caso catalogado como enfermedad, se presentó en una escuela de California, cuando un adolescente perdió su habla y capacidad de entendimiento que lo llevó casi a un estado de coma, luego de haber realizado durante más de 72 horas seguidas, actividades múltiples, relacionadas con sus equipos electrónicos y diferentes periféricos al interior de su casa. El joven de 22 años, padeció un estado de ansiedad y bloqueo de comunicación que alertó a las autoridades luego de más 15 casos similares en distintos distritos de EU. 

En noviembre de 2017 el gobierno, creó la Ley Dictórica que prohíbe el uso y la compra de más de 20 dispositivos electrónicos por hogar. La ONU, determinó que esta ley violaba los derechos humanos y que no se podía determinar que esta fuera la causa de las enfermedades.

Aún no se conocen consecuencias graves o relacionadas con mortalidad, pero se estima que las nuevas generaciones podrían desarrollar codependencia, analfabetismo e incluso trastornos psicológicos, hasta llegar a un estado de coma irreparable.


3. MONTELLA


Ubicada entre Francia y España, esta provincia es considerada una la más especiales y extrañas del continente europeo. 

La escritora Isabel Allende la usó como inspiración para su trilogía Outlander, que representa el viaje del tiempo a través de las ruinas del monte Partío. 

Se desconoce la historia de sus inicios, pero existen diversos mitos y leyendas que la han convertido en uno de los lugares más inspiradores para los creadores de historias de duendes y fantasía.


*Texto para el mundial de escritura. Consigna día 2: describa tres entradas ficticias de Wikipedia.




lunes, 26 de octubre de 2020

La mesa 6

Vestido blanco, de seda, corto, strapless y de "golas", como decía mi abuela. Es decir una falta rotonda con doble faldón. Mis primeras medias veladas, tacones, peinado alborotado, labial, perfume y mis manos temblaban por ir a mi primera fiesta de 15 años. Esa fue la primera vez que me sentí como una verdadera princesa. 

"Siga señorita Martha, su mesa es la número 6". "'¡Señorita!", me había dicho "¡señorita!". Por fin mi cuerpo delgado y mi cara de niña se habían transformado de una niña a toda una señorita.

Un salón oscuro se iluminaba lentamente con luces de colores, gracias a una bola de espejos pequeños, que giraba lentamente en el techo del centro de la pista de baile. Yo, me dirigía a la mesa 6. Mientras caminaba pensaba que seguramente iba a conocer a alguien, o me iba a tocar con alguna "niña del salón", o de pronto allí estaría el niño de mi vida, con el que tendría un romance de años, me casaría, tendría hijos y una casa enorme. Tal vez, incluso cuando me acercara a la mesa, él me miraría a los ojos y se enamoraría de mi sonrisa, porque el No. 6 era mi número de la suerte. ¡Seguro sería una mesa increíble!.

Mesa No. 6: primera silla, un niñito inquieto y fastidioso de 10 años. Segunda silla: su mamá. Una madre soltera con un vestido fuxia, escotado y pelo alborotado. Tercera silla: un viejo cuarentón, barrigón, medio dormido y poco expresivo. Cuarta silla: una niña como yo, de 14 años, con una falda corta y negra, con una blusa blanca con hombreras. Se veía mucho más moderna y yo empezaba a sentirme extraña con mi vestidito de golas. Quinta silla: esa tenía que ser la mía porque estaba desocupada. Así que con un poco de esperanza me senté y esperé. Alguien debía sentarse a mi lado y seguro sería el papá de mis hijos.

Se apagaron las luces y de manera agitada la mamá de la quinceañera corrió y tomó de la mano a la abuela que aún no tenía asiento y de un empujón la sentó a mi lado. La mesa 6 estaba llena y yo no entendía qué hacía sentada allí. ¡¿Cómo era posible?! Mi primera fiesta de 15 años y rodeada de 5 desconocidos que bloquearían cualquier acercamiento al supuesto papá de mis hijos.

Esa fue una noche larga y eterna. Eterna pero muy divertida. 20 años después, la niña de falta corta se convertiría en mi mejor amiga. No solamente por que esa noche ella me ayudó y con ayuda del niñito fastidioso,a cambiar el número de nuestra mesa 6, con el de la mesa 9 para así confundir a la abuela que estaba a mi lado y de paso convencerla de cambiarse de sitio. Porque los adultos espantan a los adolescentes, en especial al que quisiera sacarme a bailar y por culpa de la abuela, saliera espantado. Y no solamente por haberle agregado alcohol al vaso de jugo para que la mamá soltera de nuestra mesa, terminara en los brazos del otro cuarentón y de paso ellos no volvieran a sentarse en nuestra mesa durante toda la noche. Sino por habernos encontrado nuevamente 15 años después, en la mesa No. 9 el día del matrimonio de nuestra amiga en común, la de "los ochenta". Recordando cómo no nos dimos cuenta que ese niño fastidioso inquieto, ahora tenía 30 años y era todo un hombre, estaba “como un lulo”. Habría podido ser al padre de nuestros hijos.


**Escrito para el Tercer Mundial de Escritura - consigna día 1: escribir sobre el patrón que une a los invitados en una mesa de desconocidos de una fiesta.