domingo, 23 de agosto de 2020

Cuando crean no encontrarme

La Gran Colombia, 23 de agosto 1820.

No puedo tutearlas, ni en lo que fue nuestro futuro, lo que había sido nuestro pasado y menos ahora, en mi presente. Estoy en el "cuando". Ese que nos inventamos por la obsesión con la historia, con el tiempo, al mundo del pasado. Ahora estoy aquí atrapada en la época de los libros, las velas, la guerra, "el pueblo", las ruanas, los encajes, los vestidos, los guantes y las sombrillas.  Ahora sé que por fin estará escrito mi nombre en un libro, porque lo hice para encontrarme, fui artífice de mi propia inspiración. Nunca lo supe, pero volví al pasado sin saberlo, para comprenderlo.

Llevo años, buscando, tratando de entender cómo desperté debajo de esta luna del "cuando". No se cómo terminé acá. Supongo que será un sueño, pero ahora hago parte de él y parece cierto. Tal vez por eso era que mirábamos tanto la luna. Estoy casi segura que eso que decíamos que sentíamos algo cuando la mirábamos, puede ser porque dejé parte de mi mirada en ella. Será nuestra mejor manera en el recuerdo de comunicarnos.

Me gustaría que estuvieran acá para que lo vivieran conmigo. Me hace recodar la Cuba que conocí cuando todos hablaban de guerra, conflicto, poder, política y problemas sociales. Pero yo me siento como si estuviera fumándome la historia entre el sincronizado paso de los caballos. Las voces de una jerga que  aún me cuesta entender, esa que se desvanece entre las calles empedradas de algo que parece un pueblo olvidado, no ese monstruo de ciudad en el que andábamos. Siento el olor de la tierra cuando llueve y se levanta como gotas hacia el cielo que humedecen el aire. Las velas abundan y me hablan de la calma, con su silencio y la voluntad del viento. Olvidé el largo de mi pelo porque diariamente me toca recogerlo y cubrirlo con un sombrero. Huele a leña, se escucha cuando se quiebra mientras se quema. La siento entre mis poros.

Mis dedos están negros de tinta de tanto escribir, pero adoro lavarlos con tanta dedicación que cuando lo hago, hablo en voz alta como si ustedes estuvieran sentadas a mi lado. Contar historias en el papel me libera. Adoro comprarlo, olerlo y ver el color oscuro de la letra escrita a mano, mezclándose con la textura. Esa que parece nueva, pero al mismo tiempo vieja. La que me inventaba con el té y la Coca Cola. ¿Y qué decir del lacre? me sigue derritiendo igual que él mismo, así me esté dejando cicatrices. Aprendí a prepararlo. Aplicarlo es la cereza del pastel. 

Mis días ya no acaban en la anoche, sino en el amanecer. Sigo perdiendo la noción del tiempo cuando escribo y sigue siendo mi mejor momento para hacerlo. Libera mi cabeza de tantas ideas como en los libros que ustedes leían, esos que decían: "si no atrapamos las ideas, alguien más lo hará". A veces cuando necesito sentirlas a ustedes dos, me voy a escuchar al músico del pueblo tocar guitarra. Sus cuerdas se escuchan como arpas del cielo y con eso, con el olor de la lluvia y la imagen de ustedes leyéndome, me voy a dormir.

Espero que algún día me encuentren. Cuando parezca que ya no estoy. Búsquenme entre los libros viejos, las poesías, las historias de los miles de niños que me rodean y el blanco y negro de los dibujos que aún no se han hecho. Ahí estaré mis hermanitas del alma. Viviendo obligada en un pasado que aunque me separa de ustedes, me hace creer que mi propósito está entre las letras. Las creadas desde sus forma tipográfica, hasta la combinación de su retórica.

Las quiero niñas de mi futuro, de mi presente.

Atte,

La de ayer, la de mañana, la de mi hoy...





Consigna: "Escribir una carta de 200 años atrás, para el presente: 2020"



lunes, 10 de agosto de 2020

2 minutos

¿Cómo describir mis dos minutos de meditación?

Tuve que empezar diciendo: ¡silencio!. Con mis ojos cerrados, empezaron los ruidosos tornillos de la cama dañada del piso de arriba e imaginé a los vecinos, pero me repetí: ¡silencio!.

Esos sonidos se fueron pero aparecieron más. Ahora eran los ruidos del camión de basura desocupando unas canecas, que me hicieron pasar saliva por imaginarme el putrefacto olor. Nuevamente me repito: ¡silencio!.

Al ser tan consciente del exterior, quería mandar la cama y a los vecinos de arriba con el camión de basura, pero el ejercicio era "no pensar". Así que con una voz fuerte me dije: ¡hey, que hagas silencio!.

Intenté escuchar los latidos de mi corazón pero increíblemente escuché el sonido de los pájaros que casi nunca se oyen en las mañanas y me elevé para hablar con ellos, pero otra vez: ¡que te calles, no imagines!.

Ya no había ruido exterior, creo que lo estaba logrando. Había silencio. Por fin. Todo se hizo nada, era blanco, quería que fuera tan extenso como el cielo, quería estirar ese momento, convertir esas milésimas de segundo en un estado de plenitud, pero al darme cuenta que era mi mente quien me lo decía, y que otra vez mi cabeza estaba dando órdenes, ¡reaccioné!: no estaba en silencio, estaba imaginando el silencio, ¡no estaba haciendo silencio!. ¡Imposible, callar mi mente era imposible!.

Bendita imaginación que no para. Ni siquiera para dos minutos de obligado silencio. El zumbido de la sangre recorriendo mi cuerpo se volvió ensordecedor. ¡Era ruido! pero, ¿cómo era posible si ya no estaba el sonido del vecino con su cama maltrecha, ni los ecos de las canecas azules desocupando bolsas de basura de la podredumbre de las casas?. No lo sé, pero era un timbre en mis oídos que imaginé volviendo polvo. ¡Eso es! me dije, "¡hazlo polvo!, obsérvalo en cámara lenta hasta te se detenga. Puedes hacerlo, son solamente dos minutos, solamente seré consciente de decirme algo: "ay Diosito, ayúdame, quiero aprender a hacerlo..."

Y como una bofetada por ponerle palabras mentales a mi silencio, di un salto y abrí mis ojos. El cronómetro de mi reloj retumbó mi cabeza, se convirtió el polvo en piedra, parecían aullidos. La alarma con una gritería fastidiosa, había marcado dos minutos exactos y yo ni siquiera había logrado 5 segundos de silencio mental. Esas campanadas sonaron tan fuerte que otra vez mi mente había tomado el control.

¡Que silencio ni que nada!

Imposible, dos minutos para mi mente en ese momento fueron "vecinos, cama, tornillos, pájaros, calle, golpeteos, voces, alarmas, camiones, basura, canecas y ruidos, ruido, que verraco ruido."

Esa frustración me hace pensar que la meditación es un ejercicio demasiado difícil y pareciera que no estuviera hecho para mí. ¿Por qué no puedo callar  mi mente y sí puedo contemplar el sol, disfrutar de la lluvia, respirar fragancias y sentir que saboreo la vida? ¿Por qué no puedo con esa clase de silencio?. 

Tengo hipermetropía, una anomalía que me hace ver objetos y textos a grandes distancias. Cuando hace calor o frío, lo siento por entre las venas. Todo tipo de ácidos me hacen cortar la lengua. Desde mi habitación, sé si hay algo dañado entre la nevera. Puedo escuchar la vibración de un celular timbrando entre una maleta en un salón de clases, pero, ¡no puedo hacer que mi mente se quede quieta!. ¡¿Por qué?!...

No lo sé, pero bueno, curiosamente nunca había sido tan consciente de los sonidos a mi alrededor. Lo vi todo, lo sentí todo, lo olí todo y lo escuché todo. Tal vez algún día con entrenamiento mental pueda controlar mis sentidos para entender el mundo de la meditación. 

Por ahora puedo decir que esos fueron mis dos primeros y únicos minutos de consciente intento de aquella meditación.




Consigna: "Escribir 5 minutos de meditación"

domingo, 2 de agosto de 2020

Poison Ivy

No perderse la movida de un catre, era mi lema para todo tipo de ruptura conocida comúnmente como "tusa". Esa actividad implicaba asistir a fiestas de casa, reuniones familiares, matrimonios de desconocidos, fiestas electrónicas, bares, paseos, eventos deportivos, conciertos, cumpleaños y todo tipo de invitaciones que se me cruzaran por el camino.

Realicé durante 4 meses todas esas actividades y nada que lo conseguía. Mi salida de caza furtiva parecía ir al fracaso. Ninguna de las personas que conocía lograba hacerme mantener interesada. Solamente eran sapos y yo sin labial.

Pero una noche, un viernes, en un restaurante que ya no existe, llamado Palos de Moguer, por fin vi el destino cruzarse en cámara lenta cuando lo vi entrar. Mi mirada lo recorrió desde la puerta hasta la mesa a la que se dirigía sin prisa para saludar a sus amigos. Yo, tratando de identificar si era mi imaginación o si realmente lo conocía, silencié mentalmente las voces de mis amigas en la mesa, apagué la música, desapareció el murmullo y lo identifiqué. ¡Si!, lo conocía, ¿de dónde?, no se, pero yo lo sabía. Volvió inmediatamente el ruido, la música e interrumpiendo la conversación les dije a mis amigas: "ese tipo, yo lo conozco, ¿estudió con nosotras?". Efectivamente, hacía 15 años que no lo veía. Mis amigas afirmaban que mi delirio por encontrar pareja, me hacía ver personas conocidas.

Pero yo lo presentía, yo sabía que el de arriba estaba de mi lado y me propuse atraparlo con una mirada. Mi pelo crespo se alborotó como el de Poison Ivy y mis ojos salieron como lanzas disparadas. Mi boca se desplegaba con una sutil sonrisa que nunca me falla cuando estoy de caza. Mis feromonas viajaron por entre las sillas, las mesas y la gente del lugar, hasta llegar a él, para hacerle girar su cabeza lentamente hacia mi irresistible mirada matadora.

Y ahí, en ese instante, su mirada por fin se cruzó con la mía. Mis lanzas lo habían atrapado, el tiempo se detuvo y pude ver el color marrón de sus ojos. Ya no solamente dejé de escuchar nuevamente a mis amigas, sino que la música, el murmullo y la gente había desaparecido. Sin pronunciar una sola palabra, él con su mirada estaba hablando conmigo.... 

Me saludaste con tu mirada, pero yo olvidé tu boca, tu cara, tu pelo y tu cuerpo... Era esa mirada la que había estado buscando por tantos años. Una mirada de un alma auténtica pero desconocida, esas que no tiene morbo pero tampoco inocencia, era con adultez pero con el recuerdo de habernos conocido desde nuestra adolescencia. Yo intenté tomar el control de la fuerza de mi mirada, tratando de quitarte la ropa, pero me detuvieron las sonrisas, las carcajadas, los lugares de los viajes que aún no habían llegado, los futuros recuerdos jugando bajo la lluvia, los abrazos frente a la chimenea, los trasteos y tú recogiéndome en la puerta de mi casa. Intenté nuevamente respirar, enredarte con mi pelo, pero ahora eran nuestras manos las que en mi imaginación se entrelazaban. Levantaste el velo, me diste un beso, me alzaste entrando por la puerta de nuestra casa, me besaste el vientre y mi escena terminó con tu mirada ya no sobre mis ojos, sino sobre nuestros hijos en una increíble casa. 

Pensé que eso había sido una cámara lenta, pero cuando vuelvo a ese recuerdo, ahora detengo por completo mis pensamientos y desde aquí me alejo y ahora me veo. Ahora te veo lanzándome tu mirada. Intento comprender lo que de pronto tú veías desde el otro lado de la mesa. Tal vez viste una salida, un refugio, una sonrisa. Se que te alborotó mi pelo, mi boca roja y mis párpados caídos, pero activaste tu bloqueo de defensa. Supongo que el de tu corazón que desde hacía muchos años estaba sellado. El futuro aún no estaba en tu mirada. No. Viste el pasado, viste a la niña, la que jugaba en tu colegio. Te devolviste en el tiempo y antes de poder saltar el futuro, solamente viste el presente. Estabas en el presente, con miedo del futuro, pero estoy segura que te encantó ese presente.

Intento volver a la realidad, al recuerdo de ese instante, para desactivar la pausa de esa mirada y no dejar sin final la historia, pero sé lo que pasará cuando lo haga: el tiempo habrá pasado tan rápido que no podré describir lo que ocurrió con ese fabuloso duelo, no podré desbaratar los segundos cuando sonreíste y caminaste hacia mi, no podré transcribir nuestra conversación, ni las llamadas, ni los besos, ni la noche, ni el día de 36 horas, ni los 10 años a tu lado... no podré.

Finalmente debo presionar el botón y efectivamente se me escapa con un suspiro el instante de nuestro primer cruce de miradas. Se volvió tan rápido ese duelo que fue un imán instantáneo de sueños encontrados. Es un recuerdo disparado una y otra vez, que me corta y me deja un destello de fantasmas. Quisiera amarrar esos segundos pero las lágrimas me detienen la cabeza. 

Solamente puedo cerrar los ojos y dejarlos que se hidraten por un buen tiempo con varios baldados de agua fría. Habrá que esperar cuando pueda salir nuevamente y asistir a fiestas de casa, reuniones familiares, matrimonios de desconocidos, fiestas electrónicas, bares, paseos, eventos deportivos, conciertos, cumpleaños y todo tipo de invitaciones que se me crucen en el camino, pero seguramente iré con labial y en modo "Poison Ivy" a esa, mi próxima salida de caza.






Consigna: "Describir un cruce de miradas"

domingo, 26 de julio de 2020

Mi primera vez

No fue la primera vez de sexo... no.

La "primera vez" durante 13 años, siempre fue la de emoción, anhelo y ganas de ir al colegio. Si no eran los zapatos, eran las medias, el uniforme, la maleta o los lápices de colores, pero con seguridad, algo nuevo había para estrenar. La mayor preocupación era saber con qué compañeros debía compartir el salón de clase o el "pupitre", pero sobre todo y una de las más importantes: con qué seres superiores llamados profesores, habría que lidiar.

Lidiar: término común, destinado por los adolescentes para la mayorías de las actividades que requieren algún esfuerzo. 

Las siguientes "primeras veces" fueron por 5 años en la universidad. Esa emoción se había duplicado y las ganas de llegar a clase, eran aún, más infinitas. ¿Estrenar? si, ¿Los compañeros o el churro de la clase? también, reconocí un par de delicias, pero ahora "el maestro", era la razón de mi duplicada emoción. Era la clave de mi éxito. Conocer un nuevo profesor cada semestre, era realmente emocionante. Debo confesar que los seres con tanto conocimiento, me enloquecen, me alborotan las hormonas y me retan. Podría decir que excitan mi creatividad. 

Si esa excitación iba en aumento, debería creer que 8 años después, en la siguiente "primera vez" de mis clases de postgrado, serían una bomba de clímax de felicidad. Pero no. Curiosamente se triplicó en un sentimiento de ansiedad pero con un poco de nerviosismo. Los profesores, me intimidaban tanto con su sabiduría y conocimiento, que se convertía en algo que yo quería tener. Quería ser como ellos. 

Durante los siguientes 7 años trabajé con clientes, proveedores, jefes, colegas y adquirí la suficiente experiencia para que luego de llevar mi hoja de vida y presentar un par de entrevistas, me dijeran por primera vez: bienvenida profe, dictarás tu primera clase en esta universidad.

Pues mi primera vez realmente había llegado.

Esa mañana empieza con mi closet observándome fijamente como un mar de formas y tonalidades. ¿Falda? imposible, necesito que me miren la cara, no las piernas. Nada de ropa ajustada, ni colores llamativos, ni cordones o cosas que me cuelguen y me enreden. Nada de pulseras que hagan ruido, ni chaquetas que me engorden. Ni botas, ni tacones, estaré mucho tiempo de pie. Finalmente una camisa blanca, una chaqueta de jean y listo. 

Al llegar a la universidad y mientras nerviosamente me parqueaba, mi nube sobre el océano, se llenaba de miedo pero con un poco de emoción imaginando el nuevo reto que se me venía encima: transformar la vida de personas que tal vez tenían los mismos sueños que yo tuve, enseñar mi conocimiento para enfrentar el mundo laboral, inspirarlos a ser increíbles profesionales, pero sobre todo, tocar sus corazones para que nunca perdieran la motivación. Éramos la nube y yo.

De pronto llegó el ventarrón. Estaba de pie al frente de los primeros 10 estudiantes que parecían los alienígenas del Omnitrix de Ben 10: Cuatro brazos, Materia Gris, Ultra-T, Insectoide, Fantasmática, Cannonbolt, Multi ojos, Fangosa, Mono Araña y Nanomech. Tal cual como lo había imaginado. Me revisaron de pies a cabeza, algunos con sus miradas desafiantes, otros sin levantar la mirada y mis favoritas: un par de niñas que con su saludo y sonrisa, me hacían fortalecer mi valentía.

Intentando recordar los consejos de los expertos en docencia, traté de manejar ese oleaje con el timón firme, directo al sol, sintiendo el viento en la cara y sin dejar ver ninguna gota de sudor. Fueron 120 minutos de intensidad emocional que terminaron con la llegada triunfal al puerto y un sentimiento de satisfacción. Finalizó la clase. Lo había logrado. 

Podría decir que esa primera vez no se repitió. Pero debo reconocer que cada vez que prendo mi yate para navegar en un nuevo mar, la mirada de los estudiantes me intimidan y mi corazón palpita a mil. 

No sé si ellos lo recuerden, pero esa primera vez la llevo guardada en mi mente y en mi corazón. No solamente porque dos de mis estudiantes favoritas me hicieron sentir muy orgullosa el día de su graduación, sino porque por andar en la nube, ese día, en el parqueadero de la universidad, todos sabían que la nueva profesora, la del Spark, por lo visto, no sabía parquear, lo había hecho fatal. 




Consigna: "Escribir sobre alguna primera vez"

miércoles, 15 de julio de 2020

La Administración

Mi sol, yo te había dicho que quería tomarme mi tiempo desempacando. No me acoses que ya estoy terminando. ¡¿Cómo así que ya viene la administradora?! ¿y entonces? ¡no he terminado!. Bueno yo dejo eso así. Después no te estés quejando. ¡¿Toca bajar por las escaleras?!


Apartamento 201:


Oye en serio, ¿por qué no te corres? ¿No ves que no cabemos?. Yo quiero ver quiénes llegaron ¡quítate en serio de la ventana!. Que oso que te vean con ese cepillo en la cabeza. Ay mujer que nos van a ver. Ven, pero en serio, yo se que no te importa, pero en serio, córrete que me estoy ahogando.


Llegaron los del penthouse y los de abajo, los del 102. Y se nota que son como ñoños. No hacen ruido. Deben ser sólo hombres. ¿Y cómo los dejaron trastearse tan fácil y tan rápido?. ¡Qué va!, eso seguro tienen preferencia con el dueño del edificio. Alguien les dio el apartamento más grande. Debió ser la administradora. Yo la vi haciéndome jetas cuando me vio subir las escaleras con esos paquetes porque se dañó el ascensor. Que fastidio. Me falta el aire.


Te juro que si me toca salir otra vez y el ascensor sigue dañado, al que me encuentre, lo escupo.


Yo creo que en el 101 viven puras viejas. Yo vi una como emperifollada, acartonada, con esos colorines en los tacones. Que boleta. Esa otra se ve como decente. ¿Con 40 y en camiseta con este frío tan berraco?. Esa otra debe ser la gorda de la que hablaron los del 202, porque le vi que traía unos chocolates escondidos.


Apartamento 202:


Amor sigo con dolor de cabeza, y no es el rulo. No me quiero ni mover. No se te olvide cuando salgas, comprarme otra caja de Paracetamol de 500mg. 


Oye, los del 201 están como discutiendo. Se escucha un murmullo desde hace rato. 


Ahh pues ¡claro! es que llegaron los de abajo. No se si son los del 102. 

No. Son las viejas. Pues las del 101. A esos manes se les van a alborotar las hormonas. Porque se nota que andan en verano desde hace rato. Yo no he visto que metan a ninguna vieja a ese apartamento.


Apartamento 101:


Marica, ¡hay un man de gafas y en calzoncillos en la ventana! jajaja. Se nota que la que está al lado, está celosa, jajaja. Debe ser la esposa. Pues con esa pinta tan rara. 


Marica, ¿en serio llegó toda la ropa del trasteo?. No veo la ropa interior. 


Marica, deje el estrés que estoy ordenando lo mejor que puedo. Por lo menos en este apartamento se ve que hay más espacio que en el de arriba. Cómo, qué ¿"en cuál"?, ¡pues en el 202!.


Marica ya, cierre la puerta que de pronto se nos meten esos manes de al lado. Han venido dos veces a preguntar pendejadas.


Apartamento 102:


Uy hermano, ¿ya vio esa mamasita de al lado? ¿la del 101?. Se ve una delicia. Nooo, la de los tacones no, la otra. Pero pues si usted no se saca esa obsesión con la del 201, es como difícil que pueda ver bonita a cualquiera. No se para qué nos vinimos detrás de esa vieja.


Sí, ya sé que usted cree que aún "hay algo" que porque "usa el perfume" que usted le regaló, pero donde el cucho, gafufo y amargado del esposo se de cuenta, lo acaba, hermano. Usted está chiflado.


Ya vengo, voy a preguntarles otra vez a estas viejas de al lado a ver si necesitan algo.


¡Uy no, parce, espere, agáchese que viene la vieja Gloria¡. ¡Pues la administradora! esa que nos mira como papa en tenedor.


Administración:


Buenos días, ¿buenas?, buenas señoritas, cómo les va. Les quiero recomendar que por favor mantengan las puertas cerradas porque los VECINOS SON MUY SAPOS. Yo creo incluso, que los de al lado son gays.


Por otro lado les recomiendo mantengan cerradas las cortinas porque LA SEÑORA DEL 201 TIENE COMO MAL DE OJO.


Finalmente, si necesitan algo, pueden hablar con los del 202 que son muy amables y calmados. Eso sí les recomiendo que no hagan ni fiestas ni ruidos porque la señora sufre de dolores frecuentes de cabeza.


Y por acá les dejo el reglamento del edificio, respecto al uso de los espacios comunes, establecido por La Administración.


Gracias. Buen día.


Mi sol, este edificio está como raro. Yo creo que mejor nos quedamos máximo 15 días y buscamos un lugar más calmado. Yo vuelvo y empaco y miramos a dónde nos vamos.




*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 14: Elegir una foto muy elocuente. Hablar del antes, del durante y del después de la foto, sin hablar de la fotografía, sino usándola como punto de partida.





martes, 14 de julio de 2020

Me perdimos

Caldo de costilla con papa, jugo de naranja, chocolate y pan francés. Ese fue el desayuno triunfal luego de semejante despertar.

Esa mañana mi energía estaba al 0,5%, suficiente para tomar el teléfono y pedir un desayuno de domicilio con un caldo de papa, jugo de... "¿mi celular? ¿dónde dejé mi celular? mierda no, no". Mi mano se ubica en el entrecejo para aliviar el dolor de cabeza, mi energía aumenta al 15% y me permite recordar que luego de leer el mensaje que me envió mi mejor amiga al celular: "me perdimos", se lo entregué a mi novio. "Uy siiii, que susto. ¿Y mi novio?". 

Me giro en una posición de decúbito lateral para intentarme sentar y veo que en uno de mis brazos tengo algo escrito con un marcador: "atoidi" ¿atoidi? mm no, está escrito al revés: idiota. Es el juego donde se lanzan las cartas y todos mandan la mano cuando se menciona el número que coincide con la carta. Quien pierda, recibe una letra escrita en su brazo de la palabra "idiota". "¿Perdí?, imposible era la campeona de este juego. Pero si, perdí por idiota. Dios mío, bebí mucho trago".

Mi cabeza giraba lentamente para evitar el dolor "pomarroso" y observar las botellas, el desorden, los zapatos y los vasos de colores que nos trajimos del bar. La pomarrosa es una fruta con forma de manzana y olor a rosas. Cuando se agita, se escucha la pepa golpear la corteza. Así se sentía  mi cabeza. Por eso mi dolor y "guayabo pomarrosa". 

Ya con el 20% de energía y pensando en el sabor del caldo, me arrastro por el sofá para tomar el teléfono y un "crack" con mi rodilla acaba con unas gafas. "¿Quién tenía gafas? El único al que le vi con gafas en el bar fue al ex de Vale, Mario. Pero si ni siquiera se vino con nosotros después de la rumba. Entonces, ¿cómo llegaron acá sus gafas?. No importa, necesito el caldo".

Por supuesto, el teléfono inalámbrico no estaba en su lugar, así que presioné el botón de búsqueda y se escuchaba a lo lejos como si estuviera en el baño. Recuperando mi energía al 30% me levanto, camino descalza pensando por qué me habré quitado mis zapatos y mientras voy llegando al baño, siento ese olor fétido a vómito de algún pendejo que me volvió una nada el baño”. Aún así, me lo aguanto porque “¡necesito el caldo!”. 

El timbre de ese teléfono retumba mis tímpanos, pero por fin logro tenerlo en mis manos y apagarlo. "¿Y el número para llamar?, desde que tengo celular, ¡no memorizo ningún número!, ¿a caso por qué debía recordar el número de una panadería?. Hay que caminar otra vez, ir a la cocina, algún imán de nevera me servirá para pedir mi caldo de costilla". 

Al abrir la puerta de la cocina con mi 50% de energía, veo en el piso un charco de agua y un jean en la entrada. "¿se descongelaría la nevera? y !¿quién se iría sin pantalón?!". Lo levanté y cayó una argolla al piso. Por supuesto, el único que estaba casado era Pedro. Y era experto en esconder la argolla y no decir que estaba casado. Y entonces, "¿se iría sin pantalón?". Tratando de decifrar el chisme, y con mi malicia femenina, decidí hacer esperar al caldo y busqué más pistas en los bolsillos. Encontré un tubito transparente y un recibo de un sitio en la 45 con Caracas. La hora imprenta en la factura había sido dos horas antes de encontrarse con nosotros. Es decir, este man tenía su guardado. "Pobre Pedro, pero bueno, sigamos con el caldo".

Entre el cajón de los cubiertos, que más bien parecía el cajón de las tarjetas, se asomó glorioso el imán con forma de panadero y el número para mi caldo. Mientras estoy marcando, escucho un ruido en el cuarto. "Mierda, ¡alguien está durmiendo en mi cuarto!".

Escucho la carcajada de una risa femenina y la voz de un man cantando: "Cuéntale, que te conocí bailando, cuéntale que soy mejor que él. Cuéntale que te traigo loca, cuéntale, cuentalé. Otrá, otro noche otrá". 


Que caldo, que guayabo pomaroso, ni que nada. Atravieso flash mi apartamento, imaginando la escena y abro la puerta de mi cuarto esperando encontrarme al pendejo del Pedro sin pantalones, pero no. Era Mario, el ex de Vale, muy bien vestido muerto de la risa con Caro. Mi mejor amiga. "Perdón, ¿qué hacen aún en mi casa, vestidos y en mi cuarto?".

"Pues tu novio querida Angelita, se la pasó hablando toda la noche con Vale y como tu estabas perdiendo como idiota el juego de cartas, nunca te diste cuenta. Yo decidí llamar a Mario para que viniera a llevarse a Vale, pero a Pedro no le gustó y le pareció gracioso lanzarme un trago por encima. Yo me desquité con un balde de agua en tu cocina y él tuvo que quitarse el pantalón porque quedó empapado. En ese momento llegó Mario y Vale se puso muy brava conmigo. Finalmente tu novio pidió un taxi y se llevó a Pedro, sin pantalones ni zapatos y con la perra de la Vale. Nos quedamos tú, Mario y yo cantando, hasta que nos lanzaron huevos desde el edificio del frente a la ventana y los vecinos de abajo llamaron a los de la portería para que acabáramos con el ruidajo. Nosotros intentamos salir, pero no pudimos. Afuera, en la puerta, hay un charco de huevos y colillas de cigarro, porque los de abajo creyeron que los huevos los habíamos lanzado nosotros. Como sabes, no soporto los olores putrefactos, así que me vomité en tu baño. Amiga, como te dije anoche: me perdimos.

Por cierto, el infiel de tu novio dejó tu celular, yo acabo de pedir caldo para los tres y por eso Mario está cantando".


*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 13: Despertar y descifrar lo que pasó ayer después de una fiesta.




domingo, 12 de julio de 2020

El Bosque de Arashiyama

En el Bosque de Arashiyama vivía un hombre de pelo azul que cuidaba de los árboles. Todos los días se levantaba, se servía una taza de té y salía a revisar su bosque.

 

Tenía doce árboles sembrados en forma de círculo y alrededor de su casa. Cada uno de ellos, tenía maravillosas características y los llamó con curiosos nombres y en orden: Estrella, por sus flores rojas, Fresno, por su sabor dulce, Murales, por sus flores naranjas, Alfalfa, porque producía flores silvestres, Matacabra, por sus flores moradas, Jade, por la características de sus flores exóticas, Jarilla, por sus flores de color amarillo, Agapanto, por sus flores azules, Sauco por sus flores blancas, Ombú por su particularidad de dar sombra, Nenúfares, por sus flores tropicales y Dátil, por su tronco rústico y resistente.

 

Le gustaba colgarles en las ramas, hilos de color verde para atraer a las mariposas. Los amarraba con mucho cuidado y paciencia y estas se balanceaban en armonía con el viento. A lo lejos parecía un arco iris y algunos decían que era el pacto de los dioses con el hombre por cuidar el bosque.

 

Un día, el hombre tuvo un sueño. Los dioses le decían: "cuando abras las puertas de tus árboles, tus mariposas colgantes brillarán con el sol y todos conocerán tu bosque, nuestro bosque". Al despertar, se fue emocionado al bosque nuevamente y empezó a construir en cada uno de los árboles, diminutas casas. Pasaron los días, las noches, la lluvia y el sol haciendo su labor de cuidar el Bosque de Arashiyama. 

 

Se dice que un día cayó la lluvia. Era tan fuerte que el granizo rompió su casa, golpeó su cuerpo, sus manos, sus pies y hasta su cara. El hombre cerró los ojos, levantó su mirada y le pidió a los dioses que protegiera sus árboles en vez de proteger su casa. 


 Desde ese día se dice que los árboles crecieron el doble y ocultaron la casa del hombre con sus ramas. Que Estrella, Murales y Jarulla, hicieron una cerca cromática con sus flores rojas, naranjas y amarillas. Alfalfa y Jade hacían que el viento soplara. Fresno repartió su dulce polen para que las aves volaran encima de la casa. Matacabra y Agapanto recogían la lluvia azul para mantener el recuerdo del hombre que los cuidaba y Ombú y Nenúfares amarraban las cuerdas desde lo más alto de sus ramas para atraer a las mariposas.

 

No se sabe si los meses del año, nacieron de los nombres de los árboles. 

No se sabe si alguien dibujó en una carta del Tarot la representación de su historia.

No se sabe si los 12 apóstoles se reunían en ese bosque.

No se sabe si la historia fue un sueño, pero se dice que a veces se le ve al hombre, permanecer en las cuerdas colgantes, balanceándose con el sonido del viento y sintiendo el aleteo de las mariposas en su pelo azul y en su cara.

 

Pero lo que sí se sabe, es que gracias al trabajo, el esfuerzo y el cuidado de aquel hombre por el bosque, los dioses sembraron muchos más árboles por todas las comarcas. Tantos que hasta en las lecturas de cartas, los que no creen en dioses se atribuyen la historia del cuidador de árboles del Bosque de Arashiyama.




*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 12: Elegir una carta del Tarot de Marsella y relacionarla con un sueño



Mr. Burns

Ritual sábados 8:30 am:

 

Maleta al suelo, botella de agua en el piso, coleta rápida de pelo, estiramiento, 20 vueltas a la cancha, 20 flexiones de pecho, 20 sentadillas y descanso. Hidratación, parejas, 10 carretillas, 20 squats, 10 planks, 20 jumping jacks con push-ups y 500 abdominales. Y para el cierre: subida de 7 pisos cargando a alguien "a tuta". Estiramiento y entrenamiento de coreografía. Grupo deportivo de aeróbicos de alto rendimiento, léase bien: alto rendimiento.

 

Ritual viernes 6:00 pm:

 

Ropa al suelo, 10 minutos de ducha, ropa interior, 10 minutos eligiendo blusa de fiesta, 10 minutos eligiendo pantalón, 20 minutos de secador, cambio nuevamente de blusa, 30 minutos de maquillaje, 10 minutos eligiendo zapatos y cambio nuevamente de pantalón. Taxi. Rumba electrónica. Baile de 4 horas y cero alcohol. 

 

Dos rutinas increíblemente sincronizadas a mis 21 años en la universidad. Objetivo: mantenerme saludable, divertirme y disfrutar de mi pasión por el deporte.

 

El ritual del sábado era inamovible, indispensable y era la que me mantenía con actitud durante la semana entera. Siempre la acompañaba con pesas, aeróbicos dos veces por semana y una alimentación libre de grasas, salsas y gaseosas.

 

Esos dos rituales, uno todos los sábados y el otro cada 20 días, se complementaban con las clases de dibujo a mano alzada, animación, diagramación, historia del arte, tipografía, ilustración y unas electivas que llamábamos: caldo de ojo, pasteo vespertino, corazones rotos y anti ñoñas. Así tuviéramos entregas al final de cada semestre, esas dos rutinas eran sagradas, pues mis amigas y yo, nos sentíamos todas unas divas. Jóvenes, pilas, excelentes diseñadoras, saludables, responsables y sexis en todo nuestro esplendor universitario.

 

Grado, vacaciones, pero las rutinas, firmes y constantes. 

 

"Ahí viene el calvo". Este personaje, era un señor medio calvo, alto, delgado, con el pelo chuto y medio blanco. Siempre usaba traje gris de corbata, camisa blanca y unos zapatos de suela delgada. Sus dedos largos, su tono de voz aguda y su caminado femenino, interrumpía siempre nuestros entrenamientos. Su nariz y rostro era la representación humana exacta del señor Charles Montgomery Burns.

 

Sus noticias y comentarios lo acompañaban con alguna queja haciendo cambios rutinarios. Todo porque quería que el grupo de mujeres, en vez de reflejar coreografías de alta competencia, se viera como un grupito de niñas bailando y aplaudiendo como porristas. Mm no mi querido Mr. Burns, NO y NO. Yo no entreno con tanto esfuerzo, para terminar haciendo bailes y pirámides fuera de época.

 

Su constante presencia empezó a volverse como un tercero y desesperante ritual. Hasta que un día, un sábado cualquiera y luego de dos años posteriores al grado, Mr. Burns, empleado de planta, director del departamento de deportes y jefe de nuestras entrenadoras, inventó una norma para dañarnos el día y quitarnos la sonrisa: "No se permiten egresadas en el equipo deportivo de aeróbicos de la Universidad Jorge Tadeo Lozano".

 

"Smithers, suelte a los sabuesos." 

 

¡¿A este señor que le pasa?! ¡¿Cómo nos hace esto?!. Nos obligó a salir corriendo. A cambiar el sitio de entrenamiento. Nos quitó la entrenadora los días sábados. Nos sacó de las presentaciones a las más antiguas y mejor formadas. Nos cambió los horarios y a las egresadas que trabajábamos, nos afectó el cumplimento en el trabajo. Intentamos entrenar por muchos años en otros espacios, pero cuando perteneces a un grupo y este deja de existir, es muy difícil mantener la constancia, la motivación y la intensidad de los entrenamientos.

 

Hubiera querido tener un botón que abriera el suelo y se lo hubiera tragado. Pero no, por culpa de Mr Burns, mi ritual del sábado había cambiado: guayabo, sueño, caldo de costilla, sueño, película, sueño y ganas de gaseosa con papas fritas y hamburguesa. Mi planta de energía nuclear había explotado. Perdí el ritmo. Hoy cuando intento hacer Dancehall, Shuffle, Coreo o un simple Hip Hop, mi óxido me recuerda a ese calvo desgraciado.




*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 11: Descripción de ritual que estalla a partir de un conflicto.




viernes, 10 de julio de 2020

Cuatro razones

No lo recuerdan, pero en mi mente está todo detallado como una película inolvidable.

La noticia de tu llegada, por ser la primera nieta fue bastante especial. Era abril, un domingo. Estábamos sentados todos en la mesa, tus abuelos, tus papás y yo. Recuerdo que era una mesa larga, rectangular y llena de vajilla, copas de cristal,  con cubiertos, servilletas, y un centro de mesa de flores porque las cenas en familia eran toda una increíble y detallada tradición. Mientras terminábamos la cena, tu mamá llena de emoción, dijo: "papá, estoy embarazada".  ¡Eso fue toda una alegría! El abuelo se levantó de la mesa y abrazó a tus papás con tanta emoción que sacó de aquel bifé de cedro de la sala, la botella de champaña mágica. Era una botella con esferas de cristal de oro, que cada vez que alguna buena noticia, llegaba a la familia, él la sacaba y al servir, se convertían en un líquido dorado y luminoso. Buscó su reloj de bolsillo y girando lentamente el minutero, se abrió con un click y con mucho cuidado retiró la llave que permitía abrir la botella. 

Al momento de caer la primera gota, timbró el teléfono. Tomé la llamada y como una bendición, el teléfono se llenó de color, llegó el segundo momento mágico y feliz de la noche. El segundo nieto, el milagro de abril, se había hecho realidad. ¡¿Ya no era solamente una nieta, eran dos nietos los que venían en camino?!. Tu abuela se emocionó tanto cuando escuchó que era un niño, el príncipe soñado, ¡se desmayó!. Mejor dicho, por la vida de ustedes, la nuestra cambió. Por fin había llegado la alegría a nuestro castillo. Y realmente lo convertimos en un castillo, pues tuvimos que remodelar toda la casa. 

Los tres pisos, no eran suficientes. Mi papá se gastó una fortuna en coches, sillas de bebé para el carro, corrales, juguetes, monitores para ver a los bebés desde cualquier piso, en fin, todo lo que fuera necesario para que llegaran nuestra princesa y nuestro príncipe. Los abuelos estaban tan enloquecidos, que ni siquiera se fijaban en cuánto gastaban, quería lo mejor de lo mejor. Las habitaciones tenían calefacción y decoramos una para cada uno para que tuvieran dónde quedarse cuando vinieran a visitarnos. El abuelo cambió la biblioteca por un salón de estudio. Hicimos una habitación de juegos con globos y pimpones que caían del techo. Había una sala interactiva para ver películas y ustedes la adoraban porque en las pantallas se veían sus fotos pasar. Recuerdo que una noche hicimos karaoke y ustedes dormían como ángeles en las otras habitaciones y no se escuchaba el más mínimo ruido. Tenían paneles de espuma acústica para que pudieran dormir.

Al cabo de un año, mientras desayunábamos en el jardín, mis hermanas se pusieron de acuerdo para que llegara un obsequio para los abuelos. Yo recibí dos cajas rosadas en la puerta del castillo. Cada una tenía un globo elevado con el nombre de ustedes dos por dentro. Flotaba con letras violetas y los aleteos de mariposas amarillas. Mientras caminaba hacia el jardín, mis lágrimas salían llenas de emoción. Si, mis princesas. Ustedes dos, eran el anuncio de dos nuevas ilusiones. La dulzura de tus ojos iluminaron el cielo porque llegaste con la luz del día. Y tú mi morenita, la nieta más pequeñita, que iluminas mi vida con tu sonrisa.

Los abuelos lloraban de emoción. Cuatro nietos sincronizados para alegrarnos la vida. Si la primera vez cambiaron la casa por un castillo, esta vez, decidieron ¡comprar otro!. Uno más grande, en un clima más calientico, con piscina, con jardines que tenían flores gigantes, con casas en el aire, puentes colgantes con cordones de plata, con árboles que formaban figuras con sus tallos, con laberintos y parques de arena, con pajaritos de todos los colores, conejos con chalecos, patos azules, pavos reales de dos cabezas y hasta avestruces doradas. Debo reconocer que enloquecieron aún más. Hacían mercados enormes, tenían un reloj tan alto como la casa que marcaba los minutos de su llegada y los esperaban en la entrada con los brazos abiertos. La abuela siempre mandaba preparar los mejores manjares y les compraba loncheras con sus personajes favoritos y con claves mágicas que los hacían divertirse cada vez que las abrían.

Así, así tal cual recuerdo la llegada de ustedes. Mis cuatro razones. Algunos niños cuando crecen, niegan estas historias. Pero me gusta ser un gran pez, un Big Fish, que recuerda los momentos más especiales de la vida, con una grandeza inexplicable. 

Nunca dejen de ser niños, los adultos a veces lo olvidamos y nos volvemos aburridos. Por eso, recuerden que mi niña, siempre estará con ustedes.



*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 10: Escrito inspirado a partir de una película: Big Fish






jueves, 9 de julio de 2020

Carta de la incoherencia del desamor, con amor

Bogotá 9 de julio 2020,


Para ti.


Le prometí a Dios amarte hasta el día que me muera, lo intentaré.

 

Amarte contigo a mi lado fue muy fácil, amarte sin ti, parecía increíblemente imposible, pero creo que lo entendí. Pude hacerlo, pero mi juramento es para Dios, porque a él, es a quien debo amar por encima de todas las cosas.

 

No sé cómo podrás leerme sin pensar que escribo con dolor. Pero te lo aseguro, lo dejo escrito, te lo reitero y te lo juro con el corazón: no es dolor, es desamor.


Decir que para llegar al desamor no tuve dolor, sería una completa mentira. Pero un día llegó, como en cámara lenta, se sentó al lado de mi cama y como si viniera de un desierto sin comida ni agua, con crueldad y frialdad habló con mi corazón.


Algunos dirían que el desamor es cruel, que viene con rabia y con rencor, pero no es así, él no tiene raíces, no se aferra, no te talla, no te hiere, no se queda pegado como una sanguijuela y te produce dolor. El desamor es producto del frío y las soledades de las noches, como la princesa de los guisantes, esa a la que no se le permitió sentir tus piernas en el momento favorito del día. Mi momento favorito del día. El desamor es verte cerrar la puerta frente a mí durante tantos días, cuando Dios nos dio la oportunidad de humedecer ese desierto, nos obligó al no poder salir al mundo, teniendo que enfrentar nuestros dolores, nuestras propias miserias, solos tú y yo.  Y aún así, no sentí tu amor por nosotros, no parecías tú, había otro sabor en el aire. Se esfumó.


El desamor no viene de atrás, porque hace 10 años decidí amarte así como venías, sin manual, sin advertencias y con las canas que nos diera la vida. No viene de las lágrimas, las discusiones, las ausencias ni las comunes fallas de todos los matrimonios. Viene del nivel al que llegó mi tanque de amor, después de tu partida. Uno que no sabía que se estaba vaciando porque mientras ocupaba mi mente en buscar culpables, olvidé que solamente de Dios podía llenarlo. Lo curioso es que lo ví, contigo físicamente a mi lado, aunque ya no quisieras estar ahí, pero mi razón me hizo entender que por lo menos lo había intentado. No se si todo, pero tuve la tranquilidad de haber hecho lo correcto, realmente lo había intentado.


Extraño tus abrazos? si, pero ya no están. Extraño tu risa? si, pero ya no la escucho. Extraño tu mano acariciando mi pelo en las noches luego de días largos de trabajo? si, pero mi mente lo está olvidando. Extraño tus pasiones? si, pero el mundo exterior se las ha llevado y ya llegarán unas nuevas. Extraño pensar que tendremos hijos? si, pero mi fe me los dará y a la manera que quiera. Cuando levantas la mirada y te das cuenta que ya no están ninguno de esos anhelos, y todo porque simplemente decidiste no amarme más, ahí, en ese justo instante, aparece el desamor.


No sé cómo decírtelo de manera amorosa, pero quiero intentarlo: tú no estabas solo, tenías a Dios y él estaba conmigo, estaba con nosotros. Pero te dejaste nublar por las palabras de la infidelidad, de quienes no creen en el matrimonio, de los que realmente no te conocen, no me conocen, no nos conocen. Pensaban en ellos, no en ti. Si esas voces vinieran de Dios, él habría estado en sus palabras y el desamor no habría llegado. No puedo decir que buscaste a Dios para repararnos, lo buscaste para salvarte sin mí, y ahí, sin importar que yo cayera, te fuiste, con flores naranjas, sin explicaciones, con incoherencias y sin el último beso de despedida. No lloré por mis manos rotas, por mi pelo alborotado, ni porque mi corazón se partiera en mil pedazos. Simplemente un día, sentada en mi sillón favorito, entendí que lo único que necesitaba era un abrazo y tú ya no estabas ahí para dármelo.


El ventarrón del desamor hizo su labor.


Amar es una decisión y juré hacerlo por toda la vida, pero ahora hay tanto amor en mi corazón que puedo guardarte sin dolor, puedo recordarte sin tristeza, creo que puedo llevarte con mi vida porque eres parte de mi historia, puedo hablar de ti sin vacío, puedo ver tus fotos y sonreír con melancolía pero sin desilusión, fracaso o equivocación por haberte escogido. Pero a partir de hoy, abro mi puerta para que llegue el hombre que Dios decida para mí. Quien quiera que sea, espero que sepa que el contacto físico es mi lenguaje del amor y que Dios tiene la fórmula para llenarlo. Quiero su grandeza en mi camino y en mi corazón. Si no estás con él, mejor no estés conmigo.


Perdóname si mis pensamientos se convierten en afirmaciones o señalamientos justicieros. No pretendo liberarme o reafirmar la decisión que has tomado. Simplemente es una explicación de la aparente incoherencia del concepto del desamor, descrito con amor. 


Que Dios te bendiga.



*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 9: Carta de desamor con amor luego de la ruptura de un matrimonio.