viernes, 10 de julio de 2020

Cuatro razones

No lo recuerdan, pero en mi mente está todo detallado como una película inolvidable.

La noticia de tu llegada, por ser la primera nieta fue bastante especial. Era abril, un domingo. Estábamos sentados todos en la mesa, tus abuelos, tus papás y yo. Recuerdo que era una mesa larga, rectangular y llena de vajilla, copas de cristal,  con cubiertos, servilletas, y un centro de mesa de flores porque las cenas en familia eran toda una increíble y detallada tradición. Mientras terminábamos la cena, tu mamá llena de emoción, dijo: "papá, estoy embarazada".  ¡Eso fue toda una alegría! El abuelo se levantó de la mesa y abrazó a tus papás con tanta emoción que sacó de aquel bifé de cedro de la sala, la botella de champaña mágica. Era una botella con esferas de cristal de oro, que cada vez que alguna buena noticia, llegaba a la familia, él la sacaba y al servir, se convertían en un líquido dorado y luminoso. Buscó su reloj de bolsillo y girando lentamente el minutero, se abrió con un click y con mucho cuidado retiró la llave que permitía abrir la botella. 

Al momento de caer la primera gota, timbró el teléfono. Tomé la llamada y como una bendición, el teléfono se llenó de color, llegó el segundo momento mágico y feliz de la noche. El segundo nieto, el milagro de abril, se había hecho realidad. ¡¿Ya no era solamente una nieta, eran dos nietos los que venían en camino?!. Tu abuela se emocionó tanto cuando escuchó que era un niño, el príncipe soñado, ¡se desmayó!. Mejor dicho, por la vida de ustedes, la nuestra cambió. Por fin había llegado la alegría a nuestro castillo. Y realmente lo convertimos en un castillo, pues tuvimos que remodelar toda la casa. 

Los tres pisos, no eran suficientes. Mi papá se gastó una fortuna en coches, sillas de bebé para el carro, corrales, juguetes, monitores para ver a los bebés desde cualquier piso, en fin, todo lo que fuera necesario para que llegaran nuestra princesa y nuestro príncipe. Los abuelos estaban tan enloquecidos, que ni siquiera se fijaban en cuánto gastaban, quería lo mejor de lo mejor. Las habitaciones tenían calefacción y decoramos una para cada uno para que tuvieran dónde quedarse cuando vinieran a visitarnos. El abuelo cambió la biblioteca por un salón de estudio. Hicimos una habitación de juegos con globos y pimpones que caían del techo. Había una sala interactiva para ver películas y ustedes la adoraban porque en las pantallas se veían sus fotos pasar. Recuerdo que una noche hicimos karaoke y ustedes dormían como ángeles en las otras habitaciones y no se escuchaba el más mínimo ruido. Tenían paneles de espuma acústica para que pudieran dormir.

Al cabo de un año, mientras desayunábamos en el jardín, mis hermanas se pusieron de acuerdo para que llegara un obsequio para los abuelos. Yo recibí dos cajas rosadas en la puerta del castillo. Cada una tenía un globo elevado con el nombre de ustedes dos por dentro. Flotaba con letras violetas y los aleteos de mariposas amarillas. Mientras caminaba hacia el jardín, mis lágrimas salían llenas de emoción. Si, mis princesas. Ustedes dos, eran el anuncio de dos nuevas ilusiones. La dulzura de tus ojos iluminaron el cielo porque llegaste con la luz del día. Y tú mi morenita, la nieta más pequeñita, que iluminas mi vida con tu sonrisa.

Los abuelos lloraban de emoción. Cuatro nietos sincronizados para alegrarnos la vida. Si la primera vez cambiaron la casa por un castillo, esta vez, decidieron ¡comprar otro!. Uno más grande, en un clima más calientico, con piscina, con jardines que tenían flores gigantes, con casas en el aire, puentes colgantes con cordones de plata, con árboles que formaban figuras con sus tallos, con laberintos y parques de arena, con pajaritos de todos los colores, conejos con chalecos, patos azules, pavos reales de dos cabezas y hasta avestruces doradas. Debo reconocer que enloquecieron aún más. Hacían mercados enormes, tenían un reloj tan alto como la casa que marcaba los minutos de su llegada y los esperaban en la entrada con los brazos abiertos. La abuela siempre mandaba preparar los mejores manjares y les compraba loncheras con sus personajes favoritos y con claves mágicas que los hacían divertirse cada vez que las abrían.

Así, así tal cual recuerdo la llegada de ustedes. Mis cuatro razones. Algunos niños cuando crecen, niegan estas historias. Pero me gusta ser un gran pez, un Big Fish, que recuerda los momentos más especiales de la vida, con una grandeza inexplicable. 

Nunca dejen de ser niños, los adultos a veces lo olvidamos y nos volvemos aburridos. Por eso, recuerden que mi niña, siempre estará con ustedes.



*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 10: Escrito inspirado a partir de una película: Big Fish






jueves, 9 de julio de 2020

Carta de la incoherencia del desamor, con amor

Bogotá 9 de julio 2020,


Para ti.


Le prometí a Dios amarte hasta el día que me muera, lo intentaré.

 

Amarte contigo a mi lado fue muy fácil, amarte sin ti, parecía increíblemente imposible, pero creo que lo entendí. Pude hacerlo, pero mi juramento es para Dios, porque a él, es a quien debo amar por encima de todas las cosas.

 

No sé cómo podrás leerme sin pensar que escribo con dolor. Pero te lo aseguro, lo dejo escrito, te lo reitero y te lo juro con el corazón: no es dolor, es desamor.


Decir que para llegar al desamor no tuve dolor, sería una completa mentira. Pero un día llegó, como en cámara lenta, se sentó al lado de mi cama y como si viniera de un desierto sin comida ni agua, con crueldad y frialdad habló con mi corazón.


Algunos dirían que el desamor es cruel, que viene con rabia y con rencor, pero no es así, él no tiene raíces, no se aferra, no te talla, no te hiere, no se queda pegado como una sanguijuela y te produce dolor. El desamor es producto del frío y las soledades de las noches, como la princesa de los guisantes, esa a la que no se le permitió sentir tus piernas en el momento favorito del día. Mi momento favorito del día. El desamor es verte cerrar la puerta frente a mí durante tantos días, cuando Dios nos dio la oportunidad de humedecer ese desierto, nos obligó al no poder salir al mundo, teniendo que enfrentar nuestros dolores, nuestras propias miserias, solos tú y yo.  Y aún así, no sentí tu amor por nosotros, no parecías tú, había otro sabor en el aire. Se esfumó.


El desamor no viene de atrás, porque hace 10 años decidí amarte así como venías, sin manual, sin advertencias y con las canas que nos diera la vida. No viene de las lágrimas, las discusiones, las ausencias ni las comunes fallas de todos los matrimonios. Viene del nivel al que llegó mi tanque de amor, después de tu partida. Uno que no sabía que se estaba vaciando porque mientras ocupaba mi mente en buscar culpables, olvidé que solamente de Dios podía llenarlo. Lo curioso es que lo ví, contigo físicamente a mi lado, aunque ya no quisieras estar ahí, pero mi razón me hizo entender que por lo menos lo había intentado. No se si todo, pero tuve la tranquilidad de haber hecho lo correcto, realmente lo había intentado.


Extraño tus abrazos? si, pero ya no están. Extraño tu risa? si, pero ya no la escucho. Extraño tu mano acariciando mi pelo en las noches luego de días largos de trabajo? si, pero mi mente lo está olvidando. Extraño tus pasiones? si, pero el mundo exterior se las ha llevado y ya llegarán unas nuevas. Extraño pensar que tendremos hijos? si, pero mi fe me los dará y a la manera que quiera. Cuando levantas la mirada y te das cuenta que ya no están ninguno de esos anhelos, y todo porque simplemente decidiste no amarme más, ahí, en ese justo instante, aparece el desamor.


No sé cómo decírtelo de manera amorosa, pero quiero intentarlo: tú no estabas solo, tenías a Dios y él estaba conmigo, estaba con nosotros. Pero te dejaste nublar por las palabras de la infidelidad, de quienes no creen en el matrimonio, de los que realmente no te conocen, no me conocen, no nos conocen. Pensaban en ellos, no en ti. Si esas voces vinieran de Dios, él habría estado en sus palabras y el desamor no habría llegado. No puedo decir que buscaste a Dios para repararnos, lo buscaste para salvarte sin mí, y ahí, sin importar que yo cayera, te fuiste, con flores naranjas, sin explicaciones, con incoherencias y sin el último beso de despedida. No lloré por mis manos rotas, por mi pelo alborotado, ni porque mi corazón se partiera en mil pedazos. Simplemente un día, sentada en mi sillón favorito, entendí que lo único que necesitaba era un abrazo y tú ya no estabas ahí para dármelo.


El ventarrón del desamor hizo su labor.


Amar es una decisión y juré hacerlo por toda la vida, pero ahora hay tanto amor en mi corazón que puedo guardarte sin dolor, puedo recordarte sin tristeza, creo que puedo llevarte con mi vida porque eres parte de mi historia, puedo hablar de ti sin vacío, puedo ver tus fotos y sonreír con melancolía pero sin desilusión, fracaso o equivocación por haberte escogido. Pero a partir de hoy, abro mi puerta para que llegue el hombre que Dios decida para mí. Quien quiera que sea, espero que sepa que el contacto físico es mi lenguaje del amor y que Dios tiene la fórmula para llenarlo. Quiero su grandeza en mi camino y en mi corazón. Si no estás con él, mejor no estés conmigo.


Perdóname si mis pensamientos se convierten en afirmaciones o señalamientos justicieros. No pretendo liberarme o reafirmar la decisión que has tomado. Simplemente es una explicación de la aparente incoherencia del concepto del desamor, descrito con amor. 


Que Dios te bendiga.



*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 9: Carta de desamor con amor luego de la ruptura de un matrimonio.





miércoles, 8 de julio de 2020

Cortina, tic tac.

La cortina. 
Lenta, intentando moverse con la brisa del vacío y frío lugar.  A veces el viento viene, la roza y se va. Ella se derrite y alcanza a sudar, pero espera pacientemente que sus gotas se sequen con los tijeretazos que retumban sus oídos con el sonido de un tic tac.

Tic tac.

Duerme enmudecida por casi 24 horas y con un disparo, dos veces al día la hacen despertar. 
La estropean, la utilizan y ni se toman la delicadeza de volverla a mirar. Ella aún así, espera que su caída deje de ser tan inestable y que de nuevo el viento la vuelva a embriagar. 

La besa, la traspasa, la persigue y vuelve y se va. Con una carcajada, ella disfruta y un cigarrillo sería la perfecta combinación de ese despertar. ¿Pero el olor, las cenizas y el viento de golpes y silbidos que la hacen gritar? ese viento gris parece ser el mal, que transparentemente la revuelca y la hace ensuciar.

Por qué pareciera que no necesita respirar? por qué sus poros son millones y esa cantidad es suficiente para oxigenar el color de su blancura que a veces se impregna con odio sobre los muebles de este lugar?. Sin la cortina, se quiebran, se retuercen y sin importarle, los mira sin parpadear. 

Cuando cierra los ojos otra vez el zumbido de ese tic tac no la deja pensar. Su cara se vuelve inexpresiva y ni las caricias del aire o las cortaduras plateadas que golpean la ventana la pueden reconfortar. ¿Por qué no lloras en semejante soledad? A centímetros, observa su amante y no lo puede tocar. No la deja, simplemente eligió ser frío transparente pero como todos, es frágil como el cristal.



Acaríciala urgente, que alguien la podría despertar. ¿El inicio es el día o la noche?, pareciera que no se supiera si el principio es cuando sus pies flotan sobre el suelo o cuando sus manos se estiran para colgar.

Nació atada a la raíz del cemento. Entrenada para el frío, el calor, la lluvia y la indiferencia del clima de esta ciudad. ¿Acaso siente las ondas electromagnéticas de los muros, que posiblemente con un temblor, no la dejen volver a volar?

Voló, por fin, parece que pudo sonreír. Si, lo hizo. Cuando creyó que nadie la volvería a mirar.

¿Cómo logra no enloquecer con el murmullo y los gritos de los demás? Parece tan fiel al escuchar. Fiel con su mirar. No es una, son cientos de miradas, de líneas que entre ángulos rectos redondean cada conversación que al azar ella elige escuchar.

¿Y por qué no coincide su alma gemela al colgar? Es la luz, que en la noche entra con oscuridad. Una línea gruesa que las divide y otra vez hay que esperar otro tic tac. 

Tic tac. 

Aparecen los que estaban escondidos, aquellos inconscientes y absurdos puntos suspensivos que la van a volver a despertar.
Él, el jefe, el hilo colgante que la enrolla como una serpiente y se va perdiendo entre las curvas de su vanidad.
La controla, la determina, le quita la ropa, la ignora y solamente cuando llegan los dos momentos del día, la mira y la vuelve a desechar.

Hey cortina, eleva tu mirada, haz un vestido blanco, habla con la luna y vuelve a brillar.
Ya no se cuánta perfección ha sido puesta en cada centímetro que rodea tu altar.
Esa perfección nunca desaparecerá, porque la armonía de tu compás, necesita de ti para iluminar, para poderte escuchar.

Llega la noche y otra vez termina desnuda. Yo siempre la veo y no está. Su cuerpo está tan alto que hay que ayudarla a bajar. Se desliza como una musa entre los brazos de la intimidad. Pero cuando estira su piel, en cada habitación, ella parece enloquecer, por no poderse abrazar con las demás, por no poderlas tocar.

Oculta, esconde, silencia, abraza los llantos, los murmullos, los gemidos, las lágrimas y aunque enmudece para tratar de descifrar, ella solamente escucha los latidos de su corazón como un tic tac. 

Tic Tac.



*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 8: Escoger un objeto, contemplarlo y describirlo sin narrativa, cuál es la naturaleza y carácter de ese objeto.



La media azul

¡¿Absurdo?! esa es la palabra que tengo guardada en mi cabeza desde los 16 años. ¿Acaso no dijeron que la historia de todos los seres humanos estaba escrita en un libro gordo como el de Petete, que está guardado en el reino de los cielos, hecho por un escribano, con caligrafía artística, tinta de oro y piedras preciosas? Pues ese libro debe estar mal escrito, porque no puede ser posible que por una media azul, mi vida sea tan distinta a lo que el libro de mi niñez tenía en mente.

Mi vida debería ser en tenis, viendo los partidos de la NBA en NY, sin preocuparme tanto por arreglarme, con mi galería de diseño, viviendo con el amor de mi vida, en un loft del piso 15 y con una vista increíble. Pero no, no volví a jugar baloncesto, hasta ahora empiezo a armar mi taller, tengo una vecina que grita, tira la puerta y tiene un perro que ladra por el zumbido de una mosca; vivo en un apartamento tipo residencial, no loft, usando el secador y la plancha todos los días, porque ya no soporto verme desarreglada, en cuarentena y lo peor de todo, separada.

Mi papá decía que la música de Nirvana, Metallica o los Guns N' Roses era música del demonio. Así que en 1994, agregué a mis gustos musicales, la salsa. Pero eso y una media azul me cambiaron todos los planes que estaban descritos en el libro gordo de Petete.

El baloncesto siempre ha sido mi deporte favorito, pues desde niña mi mamá me llevaba a sus partidos y allí empezó a gustarme eso de ser armadora, alero y poste. Apenas ingresé a la universidad, me uní al equipo de baloncesto, pero esas viejas eran gigantes y ordinarias. ¿Empujones? no, gracias. Estudiaba Diseño Gráfico y tenía planes de irme a estudiar a NY con una beca que otorgaba la universidad por hacer parte del equipo de baloncesto, pero de nuevo el recuerdo de la media azul, me llenaba de inseguridad y de tachones, mi imaginario libro gordo de Petete.

En el último año del colegio, se celebraban las olimpiadas intercolegiales, por supuesto, luego de haber jugado durante casi 10 años, yo era una de las mejores jugadoras del equipo y ese momento era uno de los más emocionantes de mi adolescencia. Un día le dije a mi mamá que quería ser jugadora profesional de baloncesto, así que me dijo: "voy a llevarte a la liga para que empieces a entrenar. Apenas termines el campeonato del colegio y termine el partido, te llevo". Por supuesto esa noche casi no duermo y cuando abrí mis ojos, no había escuchado mi despertador. No sé exactamente qué pasó, pero entre gritos, lágrimas y angustia, me vestí tan rápido como pude e increíblemente llegué justo a tiempo. 

Al entrar al camerino deportivo, nuestro entrenador Carlos, nos dijo: "viejitas, tenemos un nuevo patrocinador y nos ha dado uniformes". Con mi ingenuidad, me imaginé un Adidas, Nike o incluso Coca Cola, pero cuando el entrenador nos dijo: "no crean que es una marca reconocida", me asusté e imaginé Pintuco, Frescaleche o Axión, pero no, era peor: "Fotolito Novedades". Ese era el nombre del fatal patrocinador desconocido, que con toda la vergüenza de una niña adolescente, mataría por no dejarse ver. 

Lo más grave no era el patrocinador, sino el color azul de las medias de futbolista. ¡Futbolista! ¿A quién carajos se le ocurre ponerle medias de futbolista a unas niñas de 16 años que están pensando que un colegio entero las está observando?. Fue así como respiré profundo y con resignación y un poco de actitud, me puse las benditas medias; pero con un pequeño y oculto detalle: me las puse más cortas, dobladas por debajo de la planta del pie, con una precisión y sutileza, para que no se notara, porque la longitud de las medias me llegaba hasta el cuello y no me las iba a dejar ver así, de nadie. Nadie. ¡Sería un oso completo! (Oso: término adolescente de los 90, que designa vergüenza irreparable).

Segundo tiempo, vamos ganando, mi mamá en la tribuna, orgullosa. Mis amigos, mi hermana y el colegio entero con los ojos encima. Yo, jugando concentrada, pero ya estaba desesperada con los tenis que me apretaban por culpa de esas medias azules de futbolista. "Tiempo", dijo el árbitro, nos acercamos a escuchar las indicaciones y aflojé un poco mis cordones, quedaban 5 minutos, imposible que algo me pasara en ese corto tiempo. Se reinició el partido y en los altavoces del colegio se empezó a escuchar: "Llorarás", un tema de salsa de Oscar D León que me encantaba. Hubiera podido sonar algo como "November Rain" o "Crazy", pero no. Salsa. Me distraje por un segundo y en un rebote, perdí la fuerza y una vieja grande y ordinaria, me empujó, caí al suelo y salió a volar uno de mis tenis. Me fui al piso y la desgraciada media azul se soltó como el pelo de Rapunzel en lo alto de su castillo. Se abrió y rodó. Medía como tres metros. Yo intenté rápidamente poner todo nuevamente en su sitio, pero fue peor. Me veía con una media ensurullada en el tobillo y con la vanidad regada por el suelo.

¡Absurdooooo! No solamente me sentía avergonzada y el público se reía, mi tobillo me dolía y casi no podía correr. El árbitro detuvo el partido y el entrenador hizo un cambio para que yo saliera. Ahora mi libro de Petete no solamente tenía tachones, sino que tampoco tenía escrita la prueba en la liga de baloncesto de ese día tan anhelado. Yo no quería que nadie me viera. Mi tobillo no me dejó presentarla y cuando intenté ir días después, el personaje que me evaluó, dijo que yo estaba "muy vieja" para ser jugadora profesional de baloncesto. Tenía 16 años.

Incinerada y en la basura la media azul de Fotolito Novedades, se tiró la historia de mi vanidad, mi seguridad y el absurdo detalle, que hubiera podido cambiar mi vida.



*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 7: Qué situación absurda en su vida,  cambió a lo que imaginó.



lunes, 6 de julio de 2020

La amiga del baño

¿En serio quiere que la acompañe al baño?, cuénteme acá, que no he preparado clase y no alcanzo. 

-No puedo, acabo de comprar una prueba de embarazo, se supone que ya debería tener como tres meses porque sigo con el retraso y el médico me dijo que esta vez seguro había funcionado. La tercera es la vencida. ¡Camine!.

-¿Cómo así Anita, la tercera? ¿acaso no habían sido dos inseminaciones?, ¿usted por qué no me había contado que volvieron a intentarlo?.

-Ay si, pero no me gusta hablar de eso. Mejor dicho acompáñeme y le cuento. ¡Pero rápido que otra vez estoy muerta del susto!. Ponga bien el seguro que no quiero que de pronto entre esa ave de mal agüero que anda detrás del chisme todo el tiempo.

-Anita pero... en serio., ¿no debería estar en la casa en vez de venir a trabajar?. Estos estudiantes son un voltaje bravo. Pero bueno, ¿por qué no se hizo la prueba esta mañana o mejor se espera hasta que llegue a su casa para hacérsela esta tarde?.

-Téngame la puerta que no cierra bien. Yo no me aguanto hasta esta tarde. Hoy amanecí con dolores y estoy segura que esta vez sí funcionó. El médico me ha dicho miles de veces que la ansiedad no me ayuda, pero es que ese señor no sabe. Yo trato, pero ese señor no sabe. La semana pasada fui donde una señora a que me leyera las cartas y dijo que veía niños por todas partes. Espere que no se cuál es el derecho de este aparato y las instrucciones están en inglés. Ya. También me dijeron que fuera donde un señor que hace masajes en el vientre. Pero eso me parece incómodo. No fui al entierro de la abuelita Felicia que porque era peligroso y yo hice caso. Hasta me ha tocado comerme las brevas que me trajo el tío Ricardo. Pero bueno, aquí dice que toca esperar un minuto y que si salen dos líneas, perfecto, coronamos.

-¿Anita y su familia ya sabe?, porque ellos están más ansiosos que usted. La vez pasada dijeron que estaba muy flaca, que se veía muy agotada y que estaban preocupados.

-Pues yo intenté no contarles, pero esta ansiedad no me deja. La primera vez que les conté que no había funcionado, lloraron un montón. La segunda vez... espere, espere, ¡están apareciendo!, ¡las dos rayitas!; que funcione, que funcione, necesito que funcione. Esta ansiedad me está matando.

-¡Anita salga rápido que yo quiero ver!, espere, viene alguien. No salga, pilas no haga ruido, ¡es esa bruja del ave!.

El ave entró y se lavó las manos, miró por el espejo que por debajo de la puerta se alcanzaban a ver los pies de Anita y mientras se secaba las manos se imaginó que algo estaba tramando. Tiró el papel secante a la caneca, se miró al espejo, se arregló su pelo, no se tomó la molestia de mirar a la amiga de Anita y nuevamente salió del baño.

-Anita, el ave ya se fue! salga rápido que quiero ver. ¿Aló?, ¿está bien? ¿está llorando? Anita me está asustando, ¿está llorando de felicidad? Yo también! jajaja salga rápido.

Anita salió del baño, con lágrimas en los ojos y con la supuesta prueba de embarazo en la mano. Se miró al espejo y se imaginó que su amiga estaba ahí, hablando. Pero no había nadie, ella hablaba con ella misma porque necesitaba un abrazo. No solamente su imaginación la hacía creer que tenía una prueba de embarazo con dos líneas en su mano, sino imaginó que el papá de su bebé debería estar a su lado. A pesar de que el sol entraba por la ventana, ella se sentía triste y sola, pues tuvo que confesarle frente al espejo a su mejor amiga, a ella misma, su tercer fracaso: no funcionó, Anita ya no estás embarazada, otra vez estás manchando.




*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 6: Imagine cómo sería una conversación de dos mujeres en un baño y finalice con una confesión.




domingo, 5 de julio de 2020

Doxing cibernético

"$550.000 pesos colombianos por hora, fotografías, documento de diagnóstico, reporte detallado y evidencias del perfil descriptivo del investigado, 100% confidencial", esos son exactamente 166 caracteres, incluyendo espacios; el número máximo de caracteres que me permitió la publicación de una pauta en Facebook. ¿Y qué carajos hago con esto? ¿Servirá de algo? ¿Dónde se metieron los clientes con plata?

 

Supongo que como están encerrados en casa, los infieles ya no pueden salir a comer, no hay cafés, viajes de trabajo, los moteles y los rapiditos en los baños públicos. Se acabaron las flores, la compra de ropa interior barata, los regalos dobles y por supuesto las conversaciones obscenas.

 

Mi tiempo se ha triplicado. Lo que antes hacía en una semana, ahora me lleva como un mes. Cocino, hago oficio y hasta lavo los baños porque Luisa, la empleada, ya no viene. Prefiero no ensuciar ropa para no tener que lavarla. La plancha es una completa desconocida y el baño cada 20 días hace un halo de moho verde que mejor lo limpie Luisa. Ojalá cuando ella vuelva o se acabe la cuarentena, logre desinfectarlo y de paso ablandar esos cartones arrugados de ropa.

 

Con la barba casi con piojos, el mismo vaso de café pegado en lo profundo de la taza, las babuchas que ya perdieron la suela y el saco de motas que abriga como los dioses, me siento 12 horas al día, para intentar encontrar lo que antes lograba con el soborno del guardia del edificio, la secretaria coqueta, las empleadas del servicio y los vecinos o compañeros de trabajo chismosos que me solucionaban la vida.

 

Tuve que cambiar la red de Internet porque la conexión no me da para implementar conexiones remotas. Me tocó actualizar los equipos con nuevos procesadores de 18 núcleos, cambiar las pantallas por retinas de 5K y aumentar las velocidades Turbo Boost de hasta 5,0 GHz. Todo porque ahora no se puede seguir a nadie a pie y la absurda pandemia me obligó a utilizar la técnica del doxing cibernético como parte de mi estrategia investigativa. Ya no me registran ubicaciones las rutas de waze,  se acabó Forsquare y obvimane Swarm. Ya no hay registros táctiles en los cajeros automáticos, ni tampoco de los carnets digitales de las oficinas. Se acabó el registro de Grin, Lime, Cosmic o Go. Ya ni Cabify o Uber utilizan. 

 

Me duele el bendito hombro derecho por estar sentado todo el día. Tengo jodido mi pulgar con una tendinitis de De Quervain por navegar entre los likes, las visualizaciones, los tiempos en línea, las últimas conexiones, las publicaciones de estados y las fotos de Instagram, Facebook, Twitter, WhatsApp y LinKedin. Los dos chulos, la hora de reproducción de los audios, la foto que se elimina al visualizarla y el "no disponible" me van a enloquecer. Mi celular está tan lleno de tanta basura que tengo que empezar ya mismo a desocuparlo.

 

¿En qué momento creer que el haber encontrado los papelitos de amor de la novia que me engañaba a los 18 años con el caremuñeco ese, me hacía tener un talento para esto? Es por culpa de mi jodido y roto corazón con mis ex novias. Debí haber dejado de revisar el Facebook de ellas o los mensajes de Twitter de esos manes mantecos. Me debió importar un culo si chateaban por Facebook con tipos 10 años menor que ellas. O si se mandaban regalos por correo o incluso sin tarjeta. Me debí haber comido ese cuento de que el mensaje de audio era una historia de Instagram o que el "Te amo" no era para ella. No debí haber dudado de esas selfies en el espejo. Debí haberme hecho el loco con el mensaje a las 10 de la noche en el festivo. No debí haberle revisado el computador para encontrarle esa foto de ese huevón en calzoncillos baratos. Debí haberle creído que cuando salía a sacar la basura o a la tienda, no llamaba a ese proxeneta. Debí dejar de pensar que mi sexto sentido nunca falla. Debí haberme hecho el marica. Con eso no solamente no hubiera terminado con ella, sino que tendría otro trabajo que me diera más plata, y no me estaría esclavizando entre estas pantallas, seguramente no estaría solo, o hasta de pronto con alguien que no me hubiera jodido la vida cuando llegara esta berraca cuarentena.

 

Berraca vida, borré el teléfono de la señora del aseo!




*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 5: Cómo sería la vida de un detective privado en cuarentena?



sábado, 4 de julio de 2020

El anillo del perfecto desconocido

Ella abrió los ojos y con un suspiro recordó cada minuto de las últimas 24 horas. En tangas y con el pelo suelto cayendo por su espalda, se levantó y abrió la cortina que le permitía disfrutar la fabulosa vista del piso 25 del Hotel Bally's Las Vegas. Con la lengua aún azul de la bebida de un metro que se tomó cuando empezó la noche anterior, sonrió levemente y recobró la energía. Tomó sus tacones y se puso en silencio su vestido amarillo para salir por la puerta sin despertar al perfecto desconocido que dormía en la cama. Justo cuando salía, él despertó y la llamó: oye flaca!. Ella cerró inmediatamente y con el mezclador que guardaba es su diminuto bolso, se hizo un nudo en su pelo y corrió hasta el ascensor. Entró y mientras se cerraba la puerta, nerviosa sonrió y se cruzó a la distancia con la mirada del perfecto desconocido que intentaba detenerla.

Al llegar al primer piso tomó un taxi que la llevaría devuelta al lugar donde se hospedaba, al Four Queens en el centro de la ciudad. En el cuarto estaban sus dos amigas tratando de recordar cómo habían llegado sin la flaca. Ella abrió la puerta, se lanzó sobre la cama y agradeció por la mejor noche de su vida. Aún sentía el perfume de él, la piel le brillaba y al soltar su brazos casi sin peso, con su dedo pulgar tocó un anillo que llevaba puesto en su mano derecha. En un solo salto, se sentó sobre la cama y trató de recordar si era una broma típica de sus amigas en Las Vegas o en realidad había sucedido. 

En un parpadeo, recordó saliendo del hotel con sus amigas y la limusina que rentaron por menos de 20 dólares gracias a su belleza latina, el latido de su corazón en la entrada The Bank Nightclub por las escaleras eléctricas del Bellagio Hotel, las luces del techo oscuro que parecía una noche estrelladalas meseras en cacheteros, los shots con los desconocidos pero excitantes hombres de la barra que las llevaron a Tao Club en The Venetian, el baile con el DJ que le preguntó si tenía novio, las bailarinas exóticas encerradas en unas celdas del bar, el beat de Pursuit of happiness y la música electrónica, el acceso a la zona VIP que prohibía quitarse los tacones, las velas de la terraza lounge del club, el recorrido por la ciudad en la Wrangler descapotada con Love is Gone de David Getta a todo volumen y la caricia por su pelo de un hombre casi perfecto pero desconocido que terminó con ella en la tina del centro de la habitación del piso 25 del Bally's Hotel.

¿Y el anillo? ¿en qué momento lo había puesto en su mano? Era un anillo de cristal, con un líquido de color blanco y encajaba justo en su dedo delgado anular talla 6 de su mano derecha. Sus amigas recordaban exactamente lo mismo, así que luego de una ducha de 5 minutos salieron de vuelta al hotel para buscar al hombre desconocido. En el lobby les dijeron que ya no se encontraba pero que había dejado una mensaje por si alguien con un vestido de color amarillo iba a buscarlo. Decía: "Un anillo en tu mano derecha, será la promesa de volverte a ver, porque con el corazón, volverás a mi". 

La noche quedó inconclusa, la diversión había quedado sin nombre ni apellido, la única satisfacción y al mismo tiempo triste recuerdo que tenían, era que lo que pasaba en las Vegas se quedaba en Las Vegas. Con un día de descanso en la piscina, calor, y cerveza, tuvieron que volver a la fría ciudad, a su realidad. La flaca, entró nuevamente a su casa, soltó las llaves sobre la mesa, descargó la maleta y se sentó en la blanca silla de su diminuto apartamento. Nuevamente su pulgar detectaba su anillo y decidió quitarlo de su mano. Lo giró sutilmente y como si encontrara un tesoro, descubrió una inscripción en la parte interior del anillo, la manera perfecta para encontrar al perfecto desconocido.




*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 4: De 50 palabras escritas en 3 minutos, elija 15 en 1 minuto y escoja 1 para que sea la palabra del escrito: anillo.






viernes, 3 de julio de 2020

Mamelia

Entre 1910 y 1920 doña Graciliana y Demetrio, una pareja del campo y trabajadora, hicieron la tradicional tarea de reproducirse de manera exponencial y dieron a luz a Concepción, Marco Tulio, Dolores, Primitivo, Arcadio, Isidora, Segismundo, Dioselino y finalmente Amelia.

Mamelia como le decían a la menor de la casa, era mi abuela. Era voluntariosa, terca y bien mandona. Ese carácter es el recuerdo más contundente que tengo de ella. Mi abuela usaba siempre medias veladas de color café que se arrugaban en la parte inferior de sus zapatos de monja. Casi no se despeinaba y a veces dormía hasta sentada. Su pelo era negro y tan largo, que siempre se hacía una trenza que le llegaba hasta más abajo de la cintura. Siempre tenía el mismo tipo de ropa, una falda larga de color café con una camisa remangada, de golas blancas y una correa gruesa, con una hebilla metálica que me dejó varios recuerdos en mi adolescencia.

En su casa, guardaba detrás de la puerta de la cocina, comida para las ánimas, porque decía que había que tenerles comida. Pero el gato de la vecina se metía y se la comía. Ese día no había ni desayuno, ni almuerzo, ni comida. Siempre se levantaba como a las 4:30 de la mañana porque casi no le daba sueño, decía que dormir era de débiles. Cuando llegábamos a visitarla, se ponía las manos en la cintura y su cara era casi inexpresiva. Su saludo más cariñoso era levantar la quijada y con su mirada despectiva me revisaba de pies a cabeza. Recuerdo que cuando me acercaba a darle un beso en la mejilla, ella simplemente ponía la cara, como si saludar con un contacto físico conmigo, le fastidiara. 

Hablaba tan fuerte que parecía que siempre estuviera emberracada. Mi abuelo, Octavio, leía el periódico todos los días y hablaba entre lengua, quejándose de los godos y la ultra derecha. Eso, ella no lo soportaba. Un día estábamos jugando con mis hermanas en las sillas giratorias de la biblioteca, la silla se partió y mi abuela sacó un palo de escoba para darnos con tanta la fuerza que terminó partiéndolo de un sólo golpe en la espalda de mi hermana.

Como no podíamos entrar a la biblioteca, aprovechábamos cuando se iba y nos metíamos a tratar de bajar las muñecas que tenía escondidas en la parte alta de las repisas. Pero una vez se dio cuenta y nos puso una ratonera; el grito que pegamos fue tan fuerte, que los vecinos llegaron a preguntar qué había pasado. Ella salió diciendo que se había metido el gato de la vecina y que si no amarraban a ese hijueputa gato que se comía su comida, lo iba a meter en la alberca.

Durante muchos años, el plan era ir los domingos a visitarla, pero cuando mi abuelo Octavio la dejó por culpa de la vecina, mi abuela se volvió aún más amargada. No le gustaba prender las luces de la casa, ahorraba el agua del lavamanos con una vasija de plástico para reutilizarla. Y nos pedía que nos quitáramos los zapatos porque decía que si algún día volvía mi abuelo, el tapete debía estar intacto. Una vez llegué con un amigo costeño a su casa, que por supuesto no usaba medias, y le dijo que si no se quitaba los zapatos no podía entrar. Él apenado me dijo que no tenía medias, y ella fue y buscó unas medias y se las tiró por la cara. Desde ese día mi amigo la llama la abuela pecueca.

Mi abuela fue envejeciendo y entre mas vieja, más difícil se volvía. Tuvimos que traerla a la ciudad, pero ella no quería. Se puso tan brava que duró un mes encerrada y desconectaba el teléfono para que no la llamáramos. La nueva vecina nos contaba que cuando entraba tenía tan dañada la chapa que le tocaba golpear la puerta para que quedara bien cerrada. Cuando nacieron mis sobrinos los apodó los mocosos, esos dos niños le prendían todas las luces de la casa y le vaciaban las vasijas de los baños. Una vez sacó una manguera, les escondió los zapatos y los lavó con agua helada hasta sacarlos de la casa. Mi hermana duró 3 meses sin hablarle.

Cuando mi abuela cumplió 90 años, todos estábamos en la sala y le dijo a mi mamá que llamara a la vecina para preguntarle si ya se había muerto el gato. Mi mamá le contestó: "seguro ese gato ya se murió". Me pasó un frío por el cuerpo y le dije: abuela, y por qué el gato? y me dice: porque acuérdese que cuando yo me muera, la voy a estar mirando desde arriba y le voy a halar las patas por andar preguntando pendejadas. Esa noche me fui para mi casa con el susto entre pecho y espalda. Como a media noche sonó el teléfono y era mi abuelo Octavio diciendo que la abuela se había muerto, que ya estaba con el gato de la vecina. Mi mamá me contó que su ropa interior tenía tantos remiendos que no se sabía cuál era la pieza original. Esa y las siguientes 5 noches dormí en el cuarto con mis papás y para poder volver a dormir, tuve que ir a una iglesia a rezar por mi abuela y por ese hijueputa gato.




*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 3: Mi abuela es un lobo feroz





jueves, 2 de julio de 2020

El aliento

Entre los escombros de la noche, a más de 300.000 kilómetros por segundo ella hablaba con él.

¿Te acuerdas de la vez que ella se orinó de la risa por las bobadas que yo decía?, ¿que quedó una mancha en el piso de madera y tocó cepillar con viruta?. No se si eso es más chistoso que la vez que jugamos a las bebés y usamos cera de piso como crema y el ardor en el rabo nos duró como 8 días. La empelotada de mi prima por el berrinche que hizo cuando me rompió el televisor que hice con una caja de cartón envuelto con un papel regalo de ositos. Las caminadas desde la casa hasta el Hospital de Kennedy, la monedas que le sacaba a la alcancía de mi hermana para alquilar películas. El árbol de cerezo que se movía cuando llovía y nos asustaba en el patio de la casa. La ventana del tercer piso por la que me salía con mi hermana y la vecina nos sapeaba con mi papá. Los vestidos de baño que mi papá perdió en un bus de paseo a Melgar y la botada de las maletas viejas de cuero que echó a la basura. Los desayunos corriendo por la mañana para ir al colegio a la calle décima sur con carrera 15. ¿Esos desayunos de afán que aprendí al pie de la letra y tal vez por eso mi esposo enloqueció?.

Ella hizo un silencio y saltó en otro microsegundo 30 años adelante.

Qué bonito era levantarnos para ir al aeropuerto y volar a cualquier parte del mundo. Te acuerdas de la vez que nos botamos al piso de la risa por un video que nos sacaron luego de subirnos a una montaña rusa. Lo verde que él se veía en el parque de diversiones porque creo que se había intoxicado pero bastó con que se recostara dos minutos y unos pañitos de agua tibia en la frente le recobraron el aliento?. Los globos del matrimonio, los sobrinos en la casa comiendo palomitas de maíz y viendo películas o buscando tesoros escondidos. Los bebés que lloramos, las maratones de películas, los karaokes y los desayunos de Patos al Agua que olvidaste. Lo olvidaste.

De nuevo ese silencio ensordecedor. Lloró, miró sus manos y se preguntó...

Míralas, sucias, y para qué? ya mi pelo no se volverá a ver peinado, ni mi cara mostrará las pecas que tanto me tapo cuando me maquillo. Pero mis arrugas a los lados de mi boca me saldrán en todas las fotos y cuando mis papás las vean, serán las fotos que pondrán cuando ya no esté, porque son miles! Pero son gracias a ti, señor.

Las tardes de arte con los chiquis, los juegos con pimpones, los regueros que dejaban en la casa. Cuántas sonrisas y lágrimas cuando llegábamos a la meta, cuántas fiestas, novios, carcajadas, caldos de costilla, viajes, el viento pegando en la cara y el sol reflejado en el retrovisor, los pueblos, el nono, el algodón de dulce del pueblo de Zapatoca, las cocadas, la iglesia y sus inigualables campanadas. Ay señor me parece escucharlas, sálvame, llévame contigo.

Él la abrazó y ella dejó de llorar. Recordó que la bendición el día de su bautizo, la fiesta de su primera comunión, el guayabo antes de la confirmación, el llanto por el vídeo del nacimiento de un bebé en el encuentro pre matrimonial, las lágrimas jurando ante el altar en su matrimonio, la promesa que hizo arrodillada en el santísimo y la cuarentena de 60 días que la partió en dos, era la fuerza que ella recobraba para poder irse en paz. 

Te llevo conmigo señor, porque fuiste tú quien me puso el aliento y eres quien me dará uno nuevo cuando este se acabe. Salva mi sonrisa, salva mis buenos recuerdos, mi voz, mis palabras bonitas y mis sueños. No me dejes ir sin poder pedirte perdón por exigirte que saliera el sol cuando había lluvia o que hiciera calor cuando tenía frío. Abrázame más fuerte que necesito callar el miedo de este momento. Oye mamá, princesa mía, mi hermosa de ojos verdes, no llores, no te derrumbes, prométeme que yo seré tu nuevo ángel y que siempre lo sentirás en tu corazón. Papito, sigue manteniendo tu paz, esa la aprendí de ti. Niñas, mis hermanas del alma, agárrense duro del de arriba y no suelten a sus compañeros de vida, cuiden el corazón de mis 4 pedacitos de vida. Niños, no dejen de ser niños. Señor, libéralo a él, te prometí que lo amaría hasta el día que tú quisieras, y así lo hice, hasta que la muerte nos separó.

Y en un cerrar de ojos su aliento desapareció. La lluvia paró, la noche acabó, y volvió el silencio ensordecedor. Ella se posó al lado de él y en un parpadeo ella lo escuchó, le susurró su nuevo propósito, y la devolvió; también el aliento, el más importante, se lo devolvió.




*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 2: Estás a punto de morir, qué te llevarías?



miércoles, 1 de julio de 2020

Trofeo

Amar en secreto es una afirmación difícil de describir cuando desde los 15 años has estado soñando con el amor. Elegir entre mis "amores en secreto" uno que me permita pensar en la historia que no fue, es bastante difícil. 

Estudiar en un colegio femenino hasta los 14 años y ser una niña de la casa, me hizo enamorarme en silencio por primera vez en una fiesta a la que tocaba pedir permiso como con un mes de anticipación porque mi papá era bastante estricto. Año 1992, Bogotá, Villa Alsacia, viernes en la noche, suéter blanco cuello de tortuga, saco de color salmón con hombreras, jean stretch gris y zapatos "coca cola" y mi mejor peinado "Alf", era la pinta perfecta para la famosa primera fiesta.

En mitad de la sala, un niño al que le decían Trofeo me sacó a bailar. No lo llamaban así precisamente por ser uno de los mejores jugadores de baloncesto del barrio, o por ser el más divertido, lo llamaban así por sus orejas. Pero a mi me encantaba. Trofeo era ese niño que yo quería ver cada vez que salía al parque a jugar baloncesto. Los viernes en la tarde y los fines de semana, salir, era el plan favorito con mi hermana, mi mejor amiga. El plan de salir a jugar era tan apasionante, que nos daban las 8:00 de la noche y era así como conocíamos niños y niños en plena adolescencia.

Conocer más de cerca a alguien divertido, inteligente, de la casa y sobre todo caballeroso me hacía emocionarme aún más en aquella noche del viernes. Bailamos varias canciones seguidas, entre la salsa y el merengue, hasta que finalmente pusieron una balada: Hotel California. Una canción precisa y perfecta para alborotar las hormonas y sin pensarlo, con el niño que me encantaba, nos dimos un beso, un beso silencioso, lento, suave y apasionado. Lo recuerdo como si fuera ayer, mi primer beso quedó plasmado allí en esa sala diminuta con la mejor canción de Eagles, pero se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos. Parecía que el reloj hubiera marcado las 12 y el encanto se hubiera acabado. Nos soltamos, y como nerviosa niña adolescente subí casi corriendo al segundo piso en busca de mi mejor amiga para contarle que no entendía lo que había pasado. Trofeo, al minuto me siguió y apareció con una pregunta y una cara de pánico, diciendo: quieres ser mi novia? y yo con el mismo pánico y sin pensar qué contestarle le dije que no. Me dijo, verdad que no? y le confirmé: nooo. Él parecía liberado, se dio media vuelta y se fue.

Nunca he entendido por qué le contesté eso. Esa noche tuve la posibilidad de tener mi primer novio, con alguien que realmente me gustaba mucho, pero el pánico no me dejó pensar y me hizo arrepentirme por mucho tiempo. Los siguientes días me asomaba a la ventana para salir solamente si él estaba en el parque, en las tardes cuando estaba llegando del colegio, me bajaba del transporte público casi 5 cuadras antes de mi parada, solamente para pasar por el frente de su casa y así tratar de encontrármelo. Una vez logré cruzarme con él cuando salía de su casa, pero mi timidez solamente me dio para saludarlo con la mano y sonreírle. Con el tiempo dejé de verlo, él ya no iba al parque y de un momento a otro, ya no vivía en el barrio. Mi primer beso, fue mi primer amor en silencio, un amor que nunca fue y se quedó guardado para siempre.

A partir de ese momento descubrí mi facilidad de enamoramiento con los hombres caballerosos, juiciosos, inteligentes y divertidos. Nechi, Óscar Pérez, Rodrigo Vidal, Hamilton García, Andrés Rojas, Yesid López, Nelson Javier, Esteban Katich, Eduardo Forero y Felipe Mejía fueron esos amores que amé en silencio. Unos fueron amores en silencio con miradas, con sonrisas y otros con indiferencia, seriedad y lágrimas, pero ninguno como el recuerdo de mi primer amor en silencio con Javier, Trofeo. Ese que se llevó mi primer beso, que se quedó en mi imaginación de cómo hubiera sido si mi pánico emocional no me sacara corriendo de una posibilidad de creer que alguien como él hubiera sido mi primer amor verdadero, pero se convirtió en un viejo recuerdo, en mi primer amor secreto.




*Escrito para el II Mundial de Escritura / Consigna día 1: El amor que no llegó a ser